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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 16

Enrique, a modo de consuelo, le dio unas palmaditas en la mano y estaba a punto de decir algo.

Renata, con los ojos enrojecidos por la impotencia y el pecho subiendo y bajando erráticamente, llegó a su límite.

—¡Suficiente! ¡¿Pueden dejar de hablar en francés?! ¡¿Acaso no saben hablar en español?!

El grito cargado de rabia y desesperación dejó a Enrique y a Ximena pasmados.

Ximena soltó un bufido y murmuró en francés, molesta: —Enrique, ¿ya viste? Si estando tú presente se comporta como una loca, ¡imagínate lo agresiva que es cuando no estás!

Enrique frunció el ceño sin decir palabra.

Renata fulminó a Ximena con la mirada. Si no fuera por el lugar en el que estaban, le habría dado una bofetada ahí mismo.

Luego miró a Enrique, conteniendo su ira, y pronunció cada palabra con claridad: —Esta oficina es mía. ¿Por qué tengo que cedérsela?

Al mirar fijamente los ojos del hombre, un nudo se formó en su garganta.

Sentía una profunda injusticia.

¿Cómo no iba a sentirse así?

¿Acaso él no recordaba lo que significaba esa oficina para ella?

¿Acaso había olvidado lo que le prometió en el pasado?

"Esta oficina es la más cercana a la tuya. Quiero instalarme aquí a partir de hoy, ¿puedo?"

En aquel entonces, su rostro rebosaba de la más pura ilusión y enamoramiento.

Él le acarició la mejilla y le prometió con voz dulce:

"Claro que sí, puedes quedarte donde quieras."

Esa respuesta fue como una piedra arrojada a la calma de su corazón, creando olas de felicidad infinita.

Ella, loca de alegría, bajó la mirada con timidez, entrelazó las manos a su espalda, caminó hacia la pared izquierda de la oficina y dijo emocionada: "Voy a poner un estante aquí para guardar todos los regalos que me des. ¡Así, cada vez que levante la vista, podré verlos!"

...

De vuelta al presente.

Renata miró al hombre que alguna vez había amado con devoción, y ahora solo sentía dolor y amargura.

—No me voy a ir.

Enrique observó sus grandes ojos obstinados, brillantes por unas lágrimas que amenazaban con derramarse, y de pronto sintió un extraño pinchazo de dolor en el pecho.

Era una sensación indescriptible.

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