Mientras tanto.
Enrique bajó las escaleras tirando de la mano de Renata. Al ser una pareja tan atractiva, acaparaban miradas en cualquier lugar al que iban.
Renata, a la que no le gustaba el escándalo y temía que alguien les tomara una foto para subirla a internet, tironeó molesta intentando soltarse.
Estaba convencida de que Enrique había perdido la cabeza ese día.
Pero Enrique no aflojó su agarre en ningún momento. La llevó a rastras hasta el estacionamiento, abrió la puerta de su Bentley y prácticamente la empujó hacia el interior...
Renata estaba roja de la furia. Apenas cayó en el asiento, intentó abrir la puerta del otro lado para bajarse...
Enrique ya lo había previsto y activó los seguros.
Clic.
Al ver que no podía abrir, Renata se giró indignada hacia el hombre. Él estaba recostado contra el respaldo, con el ceño fruncido por el cansancio y los ojos cerrados, masajeándose las sienes. La luz tenue del interior del auto caía sobre sus facciones marcadas, dándole un aire indescriptiblemente atractivo.
Ese hombre, indudablemente, tenía con qué destacar.
Pero en ese instante, a los ojos de Renata, no era más que un ser despreciable.
Se mordió el labio y le reclamó enfadada:
—Enrique Yáñez, ¿qué es lo que pretendes? Tengo cosas que hacer. Si llego tarde, ¿tú te vas a hacer responsable? ¡Déjame salir!
Enrique llevaba años ocupando posiciones de poder, y era la primera vez que alguien lo cuestionaba con esa actitud.
Además, ¿qué asunto podría ser más importante que él?
Antes, para ella, él siempre ocupaba el primer lugar.
Sus dedos se detuvieron, levantó lentamente los párpados para mirarla. Sus ojos eran un pozo oscuro. Tras un largo momento, rompió el silencio:
—Renata, creo que esa pregunta te la debería hacer yo. ¿Por qué te fuiste? ¿Y por qué ni siquiera estás yendo a la oficina?
—Si hay algún problema, podemos solucionarlo.
En el asiento del conductor, el secretario Pablo Cisneros escuchaba la discusión con el corazón en la garganta. Discretamente, subió la división de privacidad.
Renata se quedó atónita. Por un segundo no podía creer lo que estaba escuchando. ¡Cómo se atrevía a decir algo así!
¡Creía que había sido lo suficientemente clara la noche anterior!
Además, si él ya había visto lo que había en la "caja de regalo", ya debería tener todo más que claro.

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