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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 190

Renata mantenía la mirada baja, con el corazón latiéndole como un tambor.

Por supuesto que estaba nerviosa e intimidada.

Sin embargo, cuando algo ya no te importa, dejas de darle tantas vueltas en la cabeza.

Con movimientos tensos, se arregló la ropa y se dispuso a entrar a su apartamento.

En ese instante, él rompió el silencio. Sacudió la ceniza del cigarrillo y, con la voz ligeramente ronca, le dijo:

—Renata, imagino que ya sabes lo que se rumorea de nosotros en nuestro círculo. Mañana por la noche la Sra. Ledesma organiza un banquete; quiero que vengas conmigo.

Ahí estaba. Ese era el verdadero Enrique. Había ido a buscarla únicamente por un tema de negocios e imagen... Todas esas preguntas sobre Ximena no eran más que palabras vacías.

Renata, dándole la espalda, se detuvo en seco.

No sabía si era el frío del pasillo o la frialdad de sus palabras lo que le heló la sangre.

Instintivamente, se abrazó a sí misma.

—Mañana en la noche pasaré a buscarte —ordenó Enrique con un tono que no admitía rechazos.

Renata se mordió el labio.

De repente, preguntó en voz muy baja: —¿Los contratos entre la Corporación Yáñez y la familia Ledesma no bajan de las decenas de millones, verdad?

Enrique hizo una pausa. —¿A qué viene eso?

Renata respiró hondo, se dio la vuelta para enfrentarlo y le respondió con absoluta frialdad:

—¡Quiero un millón! Sé perfectamente que me necesitas para mantener las apariencias frente a ellos. Págame un millón y mañana iré contigo.

Enrique entrecerró los ojos y apartó el cigarrillo de sus labios.

—Renata, un millón no es una cantidad pequeña. ¿De verdad crees que lo vales?

Renata apretó los puños a los costados.

—Si al Sr. Yáñez no le parece un precio justo, tiene la total libertad de buscarse a otra.

Enrique se quedó en silencio, observándola con fijeza.

Honestamente, para él un millón no era absolutamente nada.

Tampoco era de los que escatimaban dinero en una mujer.

Simplemente... ¡el cambio tan radical en la actitud de Renata lo tenía desconcertado!

Antes, cuando había un evento social importante, era ella quien le rogaba que la llevara para poder encajar más rápido en su círculo.

En aquel entonces, la sinceridad y el amor en sus ojos eran inocultables. Pero ahora, lo único que parecía importar eran las transacciones y los beneficios.

Con su gran mano le tomó la barbilla y la apretó ligeramente. Pareció disfrutar de la suavidad de su piel, pues deslizó el pulgar un par de veces más.

—En ese caso, me aseguraré de dar la talla mañana... No vaya a ser que pienses que soy un inútil...

El tono de su voz cargaba con un indiscutible doble sentido, oscuro y provocador.

Renata se mordió el labio y, muerta de indignación, apartó la mano de un manotazo dando un paso hacia atrás.

—¡Eres un cínico!

Agarrando su cheque, entró a su apartamento.

Enrique entrecerró los ojos viéndola desaparecer y, de forma inconsciente, se frotó la yema de los dedos... donde aún quedaba el leve rastro de su calor.

Ni él mismo se dio cuenta del gesto.

Hasta que escuchó la voz de Renata en el pasillo, amable y dulce, saludando a un vecino que pasaba.

—Buenas tardes, señora.

¡Ah, claro, para los demás sí tenía una actitud dulce!

Los ojos de Enrique se ensombrecieron. Una sonrisa sarcástica cruzó por sus labios mientras se daba la vuelta para marcharse.

Lo que él no sabía era que, a lo lejos, bajo la sombra de unos pinos, había alguien que había presenciado cada segundo de esa escena...

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