Pero ver esto...
El hombre soltó un silbido bajo y preguntó con suspicacia: —Enrique, ¿esa es Renata...? ¿Ya tiene un nuevo novio?
Enrique le lanzó una mirada cortante. —No es ningún novio. Es solo un socio comercial.
"Un socio comercial", pensó el otro, asintiendo con comprensión, pero aún le parecía extraña la reacción de Enrique. —Entonces, ¿por qué no le quitas los ojos de encima? Hasta dejaste de atender tus reuniones. No me digas que... ¿te molesta verla con otro hombre?
Enrique fijó sus ojos oscuros a la distancia y, tras un momento, respondió con frialdad: —¿Tú qué crees?
Y se marchó.
Mientras se alejaba, sacó su celular para enviar un mensaje.
El conocido analizó la respuesta y llegó a la conclusión de que estaba imaginando cosas. ¿Cómo iba Enrique Yáñez a enamorarse de Renata?
Corrió tras él. —De acuerdo, ya sé que no te importa Renata. Olvida lo que dije, hablemos de trabajo...
Escribiendo con una sola mano, Enrique respondió seco: —Tengo un asunto urgente. Lo hablamos después.
Por otro lado.
En la sala de descanso.
Renata platicaba con César. —Sr. Zaldívar, sobre lo de ayer... ¿quería preguntarme algo del proyecto?
César la miró fijamente, detallando con cuidado las suaves facciones de su rostro.
No era la primera vez que estaban tan cerca, pero en este instante, la conexión se sentía abrumadora.
Tal vez era porque, en el fondo, ya estaba seguro de que ella era Tatiana.
El problema era que aún no tenía pruebas suficientes para arrebatársela a Enrique, ni tampoco sabía cómo hacer que recuperara la memoria.
—¿Sr. Zaldívar? —Renata se ruborizó un poco al notar que la miraba tanto. Era una reacción instintiva en ella cuando se sentía tímida.
César se dio cuenta y tragó saliva antes de hablar. —Renata, la verdad es que quiero hacerte unas preguntas. Quizás te parezcan algo atrevidas, pero por favor, no te sientas presionada. Solo respóndeme con sinceridad.
El tono de él hizo que Renata se pusiera seria.
Se enderezó y asintió. —Claro, dígame.
La expresión de César se tornó grave. —Hace tres años...
Justo en ese momento, un teléfono vibró.
Renata se sobresaltó, cubrió instintivamente su bolso y miró a César con pena.
César esbozó una leve sonrisa. —No te preocupes. Revisa tu mensaje, no hay prisa.
Dicho esto, levantó su taza y dio un sorbo a su bebida, dándole privacidad como todo un caballero.
Renata sintió mucha gratitud. Le dio las gracias en voz baja y sacó el celular de prisa, pensando que tal vez era la Sra. Ledesma y no quería hacerla esperar.
Sin embargo, era un mensaje de Enrique:
[Sal, te llevo.]
Renata frunció el ceño ligeramente: [No es necesario, yo me voy sola en un rato.]
Hubo un breve silencio de su parte, y luego contestó:
[¿Entro a buscarte?]
Renata se mordió el labio. No entendía por qué de repente actuaba tan controlador.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE