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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 200

En el pasado, cada vez que él se enfermaba o tenía fiebre, ella lo cuidaba con total dedicación. Le preparaba un té de pera curativo, le recordaba tomar sus medicinas, le cocinaba algo reconfortante...

Quizás era por la fiebre, pero en ese momento, sintió una profunda punzada de decepción...

—Renata... —murmuró su nombre en voz baja, con un tono que, si prestabas atención, casi sonaba a una súplica de tregua.

Pero Renata hizo oídos sordos.

Giró el rostro hacia la ventana... con total frialdad.

Enrique guardó silencio.

La observó unos instantes, se enderezó, sacó una chequera de la consola, anotó la cifra de cien mil y se lo ofreció.

—Cien mil para que me lleves arriba y me prepares un té de pera curativo.

Renata se quedó atónita.

Tras dudar un segundo, se volteó y tomó el cheque.

Pensó que, ya que Enrique estaba aferrado a seguirla molestando esa noche, ¿por qué no sacar provecho de la situación?

—Trato hecho.

Al ver cómo guardaba el cheque en su bolso, Enrique sintió un sabor amargo en la boca. No pudo evitar burlarse: —¿Desde cuándo te volviste tan materialista?

Renata detuvo sus dedos sobre el cierre de su bolso.

Bajó la mirada y sonrió con cinismo.

Después de sufrir tantas humillaciones al lado de un hombre tan calculador, ¡hasta la persona más tonta aprendería a abrir los ojos!

Antes, ella lo amaba y hacía todo de corazón. Incluso si la trataba mal, encontraba consuelo pensando en las cosas buenas.

Pero ahora...

—¡Porque por fin se me quitó lo estúpida!

Giró la cabeza, le lanzó una sonrisa impecable y respondió sin titubear.

El rostro de Enrique se volvió sombrío al instante.

A Renata no le importó. Tomó su bolso y se bajó del auto. Enrique dudó unos segundos antes de seguirla.

A Renata, sin embargo, no le importaba. Ella venía de una familia común y corriente, y el haber pasado un par de años rodeada de lujos no le impedía adaptarse de nuevo a su vida normal.

Además, ¡sus años junto a él tampoco habían sido un cuento de hadas!

Se puso las pantuflas, le indicó a Enrique que se sentara en el sofá y fue a su habitación a cambiarse de ropa. Regresó un par de minutos después con unas pastillas para la gripe.

Siendo un hombre alto y de piernas largas, Enrique se veía francamente incómodo en el pequeño sofá individual, pero debido al malestar, no se quejó y cerró los ojos apoyando la cabeza hacia atrás.

Al escucharla acercarse, abrió los ojos. Esa mirada profunda y enigmática tenía un magnetismo peligroso...

Renata cruzó la mirada con la de él y sintió un ligero sobresalto. Recuperó la compostura, se acercó de prisa y dejó las pastillas sobre la mesita de centro. —Tómate una ahora. Iré a preparar la infusión.

Y sin más, dio media vuelta para irse.

Pero él fue más rápido. La tomó de la muñeca y, con un tirón, la hizo caer sobre él.

Su mirada oscura la devoraba. La punta de su nariz recta rozó delicadamente la mejilla de ella en un gesto de extrema intimidad. Su voz, rasposa y sumamente seductora, resonó a escasos centímetros de su rostro.

—Renata... me duele mucho la cabeza. Hazme un masaje en las sienes...

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