Renata sintió que el aliento ardiente de Enrique le quemaba la piel. Temblando levemente, apartó el rostro, con la voz un poco inestable.
—¡Enrique! ¿No ibas a tomar solo un poco de sopa? ¿Qué crees que estás haciendo?
Enrique la sostuvo sin soltarla y murmuró cerca de su oído:
—Solo masajéame un rato. Antes, cuando me enfermaba, siempre lo hacías...
Renata se mordió el labio.
Era cierto. En el pasado, le dolía verlo tan agotado por el trabajo, así que había aprendido técnicas de masaje con un terapeuta de medicina natural. Cada vez que él no se sentía bien, se dedicaba a masajearlo para aliviar su tensión.
¡Pero eso había quedado en el pasado!
Renata lo empujó y se enderezó.
—No. Voy... voy a prepararte la sopa.
Dicho esto, huyó a toda prisa hacia la cocina.
Enrique no pudo detenerla; su mano se quedó aferrando el aire.
Observó su silueta escapando, con los labios apretados en una fina línea. En realidad, cuando una mujer se volvía fría, un hombre también era capaz de percibirlo.
¡A la Renata de ahora, él ya no le importaba en lo absoluto! De lo contrario, no se habría mostrado tan indiferente al verlo mal por el resfriado.
La mirada de Enrique se oscureció. Apartó la vista y se recostó en el sofá, envuelto en un aura de profunda decadencia. Tal vez este resfriado sí era fuerte, porque se sentía terriblemente mal...
Renata se mantuvo ocupada en la cocina. Cuando la sopa estuvo lista, la sirvió en un tazón, la llevó a la sala y la dejó sobre la mesa de centro.
—La sopa está lista. Ya puedes tomarla.
Enrique levantó la mirada hacia ella.
Bajo la brillante luz de la sala, podía verla con total claridad. Llevaba ropa cómoda, con el cabello suelto cayendo suavemente sobre sus hombros, enmarcando su hermoso rostro ovalado. Estaba inclinada, acomodando el tazón en la mesa... Se veía tan dulce y cálida, exactamente el tipo de mujer que cualquiera desearía tener en casa.
Al observarla, la nuez de Adán de Enrique subió y bajó. Cuando ella se enderezó, no pudo evitar tomarla de la mano y tirar de ella hacia su pecho...
Renata no se lo esperaba y terminó sentada directamente en su regazo. La temperatura ardiente de su cuerpo y ese aroma puramente masculino la dejaron sin saber qué hacer.
No entendía qué le pasaba a él esa noche. Llena de vergüenza y con el rostro enrojecido, empujó sus hombros intentando liberarse.

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