Renata dejó escapar un suspiro de alivio y bajó la taza de café solo cuando escuchó que él salía de la cafetería.
Miró su bebida y el pequeño plato con pastel de matcha, sintiendo un torbellino en su mente...
Estaba tan sumida en sus propios pensamientos que no se dio cuenta de que, en una mesa diagonal, había alguien conocido observándola.
¡Era César Zaldívar!
A cierta distancia, él la miraba con una expresión sombría y melancólica en su apuesto rostro.
Ese día había planeado llegar temprano para hablar con ella, pero ahora pensaba que definitivamente no era el mejor momento.
Con una sonrisa llena de amargura, César bajó la mirada, se puso de pie y se marchó en silencio.
En realidad, podría haber sido más asertivo, pero... dado que ella tenía lagunas en su memoria, temía alterarla.
No quería presionarla ni ser una carga.
Sin embargo, tampoco era tan magnánimo como para quedarse mirando cómo ella y Enrique retomaban su relación.
La campana de la puerta de la cafetería tintineó al abrirse y cerrarse.
Renata nunca supo que César había estado allí.
Con la mente ocupada en otras cosas, no logró concentrarse en sus bocetos. Alrededor de las cuatro de la tarde, recogió sus cosas y se marchó.
Ni ella misma sabía si lo hacía para despejarse o para huir de Enrique.
La cafetería estaba muy cerca de su complejo residencial, en una calle llena de locales comerciales.
De camino, decidió entrar a un centro comercial. Compró un postre, cenó algo ligero y, poco después de las seis, emprendió el regreso a casa.
Para su sorpresa, recibió un mensaje de Enrique en el camino:
«¿Por qué no me esperaste?»
Renata apretó los labios, lo pensó un momento y respondió:
«Enrique, no me busques más.»
No sabía cuánto duraría ese interés repentino de él, pero se negaba a lanzarse al fuego por una esperanza de amor tan efímera.
Tras enviar el mensaje, suspiró. Justo cuando iba a guardar el teléfono, una notificación de un número desconocido apareció en la pantalla.



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