Enrique la abrazó por la cintura desde atrás y le susurró al oído:
—Renata, no sabía que me habías comprado esto. Lamento haber menospreciado tu cariño.
El cuerpo de ella se tensó y de pronto la invadió una profunda melancolía...
Enrique la giró suavemente para envolverla en sus brazos, hablándole como si intentara mimarla:
—La próxima vez que te haga un regalo, puedes rechazarlo. Recházame todas las veces que quieras hasta que se te pase el enojo, ¿te parece?
Enrique ya era increíblemente atractivo por naturaleza, y cuando usaba ese tono dulce para engatusar a una mujer, ni siquiera una monja podría resistirse.
Renata no estaba acostumbrada a que la trataran así. En poco tiempo, se sintió abrumada por una mezcla de dulzura y amargura, al punto que los ojos se le llenaron de lágrimas.
Levantó el rostro y lo miró con impotencia.
—Enrique, por favor, no hagas esto...
Él la miró fijamente y le acarició la mejilla con sus dedos largos.
—Hablo en serio, Renata. Solo quiero hacerte feliz...
A Renata se le cortó la respiración. Cerró los ojos y sus largas pestañas temblaron como frágiles alas de mariposa...
Al verla así, Enrique decidió no presionarla y la soltó.
—Renata, no te voy a obligar. Vamos a ir poco a poco.
Poco a poco... Esa frase sonaba tan esperanzadora.
Pero, ¿realmente tenían un futuro juntos?
No.
Ella no dijo nada más. Salió de la habitación y, tras calmarse unos minutos, se dirigió a limpiar la cocina.
Cuando Enrique salió ya vestido, Renata estaba inclinada limpiando el mueble.
Al escuchar sus pasos, levantó la mirada y vio que llevaba puesto el traje que no pudo entregarle el año anterior. Sus ojos se cristalizaron al sentir una punzada de nostalgia.
Enrique notó su reacción y le dijo con suavidad:
—Me queda perfecto. Gracias.
Renata se detuvo y apretó el trapo en su mano sin darse cuenta.
Después de un largo silencio, bajó la vista y siguió limpiando la barra, evitando el tema.
—Es muy tarde. Deberías irte...
Enrique hizo una pausa. En lugar de contradecirla, le respondió con tono cálido:
—Tengo algunos asuntos que resolver en la empresa. Si necesitas cualquier cosa, llámame a la hora que sea.
Renata contuvo la respiración. Sus dedos temblaban al sostener el celular y, finalmente, presa del pánico, cortó la llamada...
Abajo, en la calle.
Enrique observó la pantalla oscurecerse, esbozó una media sonrisa, lanzó una última mirada hacia el apartamento y comenzó a caminar.
Pensó que ella, al fin, estaba empezando a ceder.
Lo había amado profundamente, así que no pasaría mucho tiempo antes de que volviera a su lado.
Arriba.
Renata tardó un rato en calmarse antes de ir al baño a lavarse.
Pero al entrar, al ver la bañera, la ducha, el lavabo... no pudo evitar pensar en él. Incluso imaginó la escena de él bañándose, y su rostro se encendió de rojo.
Antes, jamás habían compartido el mismo baño. Aunque vivían bajo el mismo techo, siempre habían dormido separados.
¡Esto era demasiado íntimo!
Renata se duchó tratando de controlar los latidos de su corazón. Cuando salió y se acostó en la cama, su mente seguía hecha un caos. Daba vueltas sin poder dormir, con su cabello oscuro esparcido por toda la almohada y una expresión de total confusión en su pálido rostro...
No tenía ni idea de lo que él pretendía...
Y ella de verdad no tenía fuerzas para seguir su juego.

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