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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 209

El caos en su mente persistió hasta bien entrada la madrugada, cuando Renata por fin logró conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, temerosa de ir a la cafetería y toparse nuevamente con Enrique, decidió quedarse dibujando en casa.

Mateo Linares le hizo una videollamada para que revisara los bocetos que había modificado tras su última discusión.

Renata los miró y asintió satisfecha.

—Me parecen muy bien.

Mateo notó algo raro en su voz.

—¿Qué te pasa? ¿Estás resfriada? Te escucho apagada y tienes mala cara.

Renata se sorprendió. ¿Tan evidente era?

Justo cuando se disponía a poner una excusa, él se adelantó.

—¿Es por Enrique? —añadió enseguida—. ¿Fue a buscarte?

Mateo siempre daba en el clavo.

Renata dejó escapar una risa forzada y, llevándose la mano a la frente, bromeó:

—Deberías dedicarte a leer el futuro.

Él chasqueó la lengua y adoptó un tono serio.

—No intentes cambiar de tema. ¿Qué está pasando entre ustedes?

Renata suspiró. Tras dudar un momento, decidió contarle lo que había ocurrido en los últimos días.

Mateo exclamó indignado, aunque con cierto tono de regocijo:

—¡Se lo tiene bien merecido! Escúchame bien, no vuelvas con él. Deja que sufra intentando conquistarte. No importa si es sincero o no, ¡simplemente no regreses!

Renata lo escuchaba en silencio, con la mirada perdida y aferrando el teléfono con fuerza. Al final, murmuró un leve «mm».

—Lo entiendo, Mateo.

—Más te vale. Avísame si necesitas algo. Y concéntrate en la competencia, que faltan muy pocos días. Eso es lo más importante.

—¡De acuerdo!

Para Renata, la competencia era su máxima prioridad.

Poco después, como Mateo tenía cosas que atender en la oficina, se despidió.

Tras colgar, Renata dejó el celular sobre la mesa, miró por la ventana perdida en sus pensamientos y luego volvió a concentrarse en sus bocetos.

Pero algunas cosas son una verdadera tortura: cuanto más intentas olvidarlas, más se aferran a tu mente, dando vueltas sin parar.

Sobre todo cuando Enrique le enviaba mensajes como este:

«Tengo una reunión con los directivos extranjeros esta mañana, así que no podré acompañarte en la cafetería. Pedí que te llevaran el almuerzo, no olvides comértelo.»

«¿Qué te parece si paso a recogerte al mediodía? Sé que te gusta el pescado. El Secretario Cisneros me comentó que hay un restaurante excelente por esa zona.»

Al leerlos, la mente de Renata era un completo caos. Se quedó mirando la pantalla, dejando volar su imaginación.

Subió y apenas se abrochaba el cinturón cuando recibió un mensaje de un número desconocido.

Era una frase sumamente asquerosa.

«¿Con cuántos te has acostado? Estás más que usada y sigues haciéndote la digna.»

Al leerlo, el impacto fue tal que casi se le cae el celular.

Tardó unos segundos en recuperarse del susto. Apretó el teléfono con furia. Su sexto sentido le advertía que era la misma persona de la vez pasada.

¿Con quién se había metido recientemente?

Sin dudarlo, reportó y bloqueó el número.

Aun así, le quedó un nudo en el estómago y sintió un escalofrío en la espalda...

Frunció el ceño, inquieta.

Media hora después, el auto se detuvo frente al centro de exposiciones de la ciudad.

Pagó y bajó del taxi. Al respirar el aire fresco, se sintió un poco mejor. Pasó por la taquilla, entregó su boleto y entró.

Nunca notó que alguien la venía siguiendo. Esa persona también pasó el control y entró al lugar. Vestía completamente de negro y llevaba gafas oscuras, con un aspecto verdaderamente inquietante.

La exhibición era de un coleccionista privado, por lo que las obras no se podían ver en los museos convencionales.

Había un par de piezas que a Renata le interesaban mucho, así que le preguntó a los encargados dónde encontrarlas.

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