—¿Qué dijiste? ¿A ver si te atreves a repetirlo? ¡Te juro que te voy a hacer mía aquí mismo! Te voy a demostrar si soy o no soy un hombre. Aunque ahora mismo das asco, no me importa, al menos tienes una cara bonita.
Le dio un par de palmadas denigrantes en la mejilla, la jaló bruscamente para levantarla y la empujó boca abajo sobre la mesa. Con la otra mano, empezó a bajarse el cierre del pantalón, dispuesto a violarla allí mismo.
Renata jamás pensó que la situación llegaría a ese extremo. El terror absoluto se apoderó de ella, haciéndola temblar sin control. Sin pensar en las consecuencias, agarró su pesado bolso con tachuelas y lo estrelló con todas sus fuerzas directamente contra la entrepierna de él.
Al instante, un alarido desgarrador de Andrés resonó a sus espaldas.
—¡AAAAH!
Renata se arregló la ropa rápidamente, y al darse la vuelta, presenció la macabra escena.
Andrés estaba de rodillas en el piso, encorvado sobre sí mismo, convulsionando de dolor. Debajo de él, un charco de sangre comenzaba a formarse. Era una visión aterradora.
Renata ahogó un grito, retrocediendo por inercia hasta que su espalda chocó contra el borde de la mesa.
Jamás en su vida había presenciado algo tan gráfico. Era solo una chica normal y estaba aterrada.
Pero en su mente repetía una y otra vez: *¡No fue mi culpa, solo fue defensa propia! ¡Sí, fue defensa propia!*
En ese instante, Andrés levantó la cabeza a duras penas. Soportando una agonía infernal, clavó sus ojos inyectados en sangre en ella y le escupió entre dientes:
—¡Renata... te juro por Dios que te voy a matar!
—¡Ah! —gritó Renata, aterrorizada.
No se atrevió a quedarse un segundo más. Con el cuerpo temblando, se agachó a recoger su teléfono y salió corriendo. En su huida estuvo a punto de chocar de frente con alguien; pálida como un fantasma, murmuró un "perdón" y salió huyendo del restaurante.
La persona con la que había chocado era precisamente la mesera a la que le habían ordenado vigilar su reservado.
Al verla salir despavorida, la mesera sintió que algo andaba mal y se apresuró hacia la habitación.
Apenas abrió la puerta, vio a Andrés tirado en el suelo, desangrándose por la entrepierna.
A la mesera casi se le salen los ojos de las órbitas por el impacto. Se tapó la boca con ambas manos para ahogar un grito de terror, cerró la puerta de golpe y salió corriendo a buscar a César Zaldívar.
—¡Un desastre... pasó una tragedia...!
Desde su mesa, el socio comercial vio al empleado alterado y frunció el ceño con disgusto.
—¿Qué demonios pasa?
César también giró a mirarlo, con una expresión inescrutable.
El mesero tomó grandes bocanadas de aire antes de poder formular la espantosa escena que acababa de presenciar.
—Esa chica... parece que ella... asesinó a golpes a ese sujeto...
El socio se quedó congelado.
Sin decir una palabra, se acercó al cuerpo de Andrés y acercó un dedo a su nariz para comprobar si respiraba.
Aún tenía pulso. No estaba muerto, pero era bastante probable que toda esa zona hubiera quedado destrozada para siempre. Su capacidad de tener hijos estaba en tela de juicio.
Pero se lo tenía bien merecido.
César retiró la mano, se puso de pie, sacó un pañuelo de papel para limpiarse y clavó una mirada gélida en el aterrado socio que estaba a su lado.
—De esto, aparte de ti, de mí y de ese mesero, no quiero que se entere absolutamente nadie más. ¿Fui claro?
Bajo la pesada e intimidante mirada de César, el socio palideció.
Asintió torpemente como un muñeco de resorte.
—Entendido.
César asintió con un gesto seco y le ordenó ir a aleccionar al mesero. Luego sacó su teléfono del bolsillo del traje y se preparó para hacer una llamada.
Lo que César no sabía era que la aterrorizada mesera ya le había contado el chisme a una amiga por mensaje.
Y por azares del destino, esa amiga trabajaba como empleada en la empresa de Luciana Bermúdez. Al instante, corrió a contarle a su jefa la tragedia...
Y así, el secreto corrió como la pólvora...

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