En otra parte de la ciudad.
Renata aún no comprendía la verdadera magnitud de lo que había sucedido; en su mente, Andrés solo había sufrido algunas heridas.
Al salir del restaurante, se subió a su auto y manejó directamente hacia su casa. Durante el trayecto, el miedo seguía latente en su cuerpo; sus manos, aferradas al volante, no dejaban de temblar ligeramente.
A mitad de camino, tras pensarlo mucho, decidió llamarle a Enrique.
Esta vez, él contestó al segundo tono.
La voz profunda del hombre se escuchó a través del altavoz.
—Renata, ¿qué pasó?
Al escuchar su voz, Renata sintió unas inmensas ganas de llorar. Con la mirada fija en el pavimento, sus ojos se empañaron de lágrimas.
¡Él le había prometido solemnemente que se encargaría de resolver el asunto con Andrés, pero jamás le importó lo suficiente como para hacerlo!
¡Si no quería ayudarla, bien pudo habérselo dicho, y ella habría buscado la manera de protegerse sola!
¡¿Por qué tuvo que mentirle y darle falsas esperanzas?!
Renata se mordió el labio inferior, tragándose el llanto, y le reclamó llena de rencor:
—Enrique Yáñez, tú ni siquiera intentaste solucionar el problema con Andrés, ¿verdad? ¡¿Entonces por qué me prometiste que lo harías?! Si no querías involucrarte, ¡no debiste haber aceptado! ¡¿Cómo puede existir en el mundo alguien tan desalmado como tú?!
Enrique, que en ese momento se encontraba en la habitación del hospital, se quedó pasmado ante sus gritos. Sin embargo, al notar el innegable tono de angustia en la voz de Renata, le echó un vistazo a Ximena antes de salir al pasillo para explicarse.
—Estoy resolviendo el problema con Andrés ahora mismo. No me he olvidado de ti. Sé muy bien que Andrés es inmanejable, así que me puse en contacto con el secretario de su padre para negociar directamente con él.
Renata se quedó de piedra al escucharlo.
Pero, con el trauma del ataque a flor de piel, no estaba dispuesta a creerle una sola palabra.
—¡Basta, Enrique! —soltó con amargura.
Y colgó la llamada de golpe.
Pip, pip, pip...
—¡Renata! —exclamó Enrique, frunciendo el ceño profundamente al ver la pantalla de su celular apagarse.
Intentó llamarla de nuevo, pero Renata ya lo había bloqueado.
El rostro de Enrique se oscureció de ira. Sin embargo, al recapacitar sobre el llanto desesperado en la voz de Renata, intuyó que algo muy grave acababa de pasar. De inmediato, llamó a un amigo bien conectado en su círculo social.
Tras enterarse de los detalles...
Su expresión se volvió sombría y pesada.
Al terminar la llamada.
Ximena no podía ocultar la alegría que iluminaba su rostro.
Apretó el celular con ambas manos, emocionada, pensando que a cada cerdo le llega su San Martín.
¡Por fin, Renata iba a ser destruida!
...
Mientras tanto.
Renata condujo en un estado casi de trance hasta llegar a su edificio. Bajó al estacionamiento subterráneo y apagó el motor. Tan solo ese trayecto la había vaciado de toda su energía.
Se apoyó sobre el volante, tomó varias bocanadas profundas de aire y, con el rostro totalmente pálido, agarró su celular para bajarse del auto.
Pero apenas puso un pie afuera, tres camionetas negras se le atravesaron de frente.
Al darse cuenta de que era una emboscada, Renata corrió instintivamente hacia la rampa de salida.
Pero, ¿qué posibilidad tenía de ganarle a tres vehículos? Las camionetas la acorralaron rápidamente, bloqueando cualquier ruta de escape, y empezaron a avanzar lentamente hacia ella.
Aterrada, Renata retrocedió paso a paso hasta que su espalda chocó contra la pared de concreto del estacionamiento.

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