Luciana también dio un paso al frente, con los ojos inyectados en rabia:
—¡Exacto, Sr. Yáñez! ¡Renata casi mata a mi hermano! ¡Tiene que pagar por lo que hizo!
Enrique entrecerró ligeramente los ojos, y su expresión se volvió glacial.
Esa reacción hizo que a Luciana y a Beatriz les diera un vuelco el corazón. El hombre que tenían enfrente había tomado las riendas de la Corporación Yáñez a los veintidós años y, abriéndose paso entre tiburones, había llevado a la empresa a la cima de la cadena alimenticia empresarial. Ese tipo de logros no los conseguía cualquiera.
Enrique esbozó una sonrisa desprovista de calidez.
—Ustedes dicen que Renata lastimó a Andrés, ¡pero la realidad es que su hijo intentó abusar de ella, y Renata no tuvo más remedio que defenderse! ¡Fue en legítima defensa! Acusar de esta manera a una persona inocente... ¿Acaso no les remuerde la conciencia?
Beatriz se quedó sin palabras, pero su respiración agitada delataba su indignación.
Luciana sintió una punzada de incomodidad, pero se mantuvo firme:
—De acuerdo, mi hermano fue quien la atacó primero, y ella tenía derecho a defenderse, ¡pero se excedió por completo! ¡Casi lo mata! Todos aquí conocemos la ley. ¡Por algo así, ella debe ir a la cárcel!
El rostro de Enrique se enfrió aún más.
—¿Para que una vez que esté en prisión, ustedes puedan usar sus influencias y deshacerse de ella en silencio?
Luciana se atragantó. En el fondo, eso era exactamente lo que planeaba.
Las cárceles eran lugares peligrosos; si alguien moría adentro en una supuesta riña, no se podía culpar a nadie del exterior.
Luciana apartó la mirada y murmuró:
—No importa lo que yo piense. ¡El punto es que no se salvará de la cárcel!
La conversación había llegado a un punto muerto.
Enrique la observó fijamente durante unos segundos y soltó una carcajada, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Perfecto. Si así van a ser las cosas, entonces hablemos de negocios.
Metió la mano en su maletín, sacó una carpeta y se la entregó a Ricardo. Sabía perfectamente que en esa casa la última palabra la tenía él, y que, en momentos como este, era el único al que le quedaba una pizca de cordura.
Ricardo dudó un segundo antes de tomar el documento. Al leer la primera página, se quedó de piedra.
Beatriz y Luciana se acercaron de inmediato, picadas por la curiosidad.
—Ese es el documento del Proyecto Eólico de Mar del Sur —explicó Enrique con voz calmada—. Se los ofrezco en bandeja de plata. Además, yo mismo me encargaré de traer a los mejores cirujanos internacionales para que Andrés se recupere.
Hizo una pausa deliberada.
—Si ofrecerles todo esto no es suficiente para que retiren los cargos...


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