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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 223

Poco después, la empleada regresó escoltando a César Zaldívar hasta la sala.

Ricardo se adelantó de inmediato para recibirlo.

—Sr. Zaldívar, sea bienvenido.

Beatriz y Luciana también se acercaron, con los rostros iluminados por la gratitud.

—Aún no habíamos tenido la oportunidad de darle las gracias por todo lo que ha hecho por Andrés... —comenzó Beatriz.

La expresión de César era una placa de mármol. No reaccionó a las palabras de agradecimiento ni levantó la mano para corresponder el saludo de Ricardo. Su voz resonó en la habitación, cortante y letal:

—Para serles franco, hoy estoy aquí por el asunto de Renata.

En un instante, las sonrisas se borraron de los tres rostros.

Ricardo fue el primero en reaccionar. Retiró la mano con incomodidad y frunció el ceño.

—Sr. Zaldívar, si la memoria no me falla, usted no tiene ningún vínculo con esa señorita...

Beatriz apretó los dientes, reprimiendo un arranque de furia, mientras Luciana lo miraba confundida y resentida.

—Si tengo o no tengo relación con ella, no es algo que les incumba —respondió César con total apatía.

El ambiente se volvió tóxico de inmediato.

Incapaz de contenerse, Beatriz alzó la voz:

—Sr. Zaldívar, asumo que conoce perfectamente la condición en la que está Andrés. Esa mujer casi arruina la vida de mi hijo. ¿Cómo espera que simplemente la deje ir?

—¡Exacto! —saltó Luciana—. Sr. Zaldívar, si alguien lastimara a la mujer que usted ama de esa forma, ¡estoy segura de que tampoco se quedaría de brazos cruzados viendo cómo el agresor se sale con la suya!

Sin saberlo, acababa de pisar la peor de las minas.

César soltó una carcajada lúgubre que les heló la sangre.

—Tienes toda la razón...

Al oír eso, los Bermúdez suspiraron de alivio, creyendo que había entrado en razón. Beatriz se apresuró a llamar a la empleada:

—¡Tráele un café al Sr. Zaldívar, de inmediato!

—¡No es necesario!

La voz de César restalló como un látigo, deteniéndola en seco.

Con un rostro desprovisto de cualquier emoción, sacó una carpeta negra de su abrigo y se la entregó a Ricardo.

—Todos en esta habitación saben perfectamente de quién fue la culpa en ese incidente, y no voy a perder mi tiempo repitiéndolo —dijo, clavando su mirada gélida en Ricardo—. Decidan si retiran los cargos después de leer lo que hay aquí dentro.

Ricardo miró la carpeta negra en sus manos. Un mal presentimiento se instaló en la boca de su estómago. La abrió con lentitud.

—¡¿Te volviste loco?! ¡¿Por qué le pegas a nuestra hija?!

Luciana, con los ojos llenos de lágrimas, lo miraba como si fuera un extraño. Era la primera vez en toda su vida que su padre le levantaba la mano.

Pero la furia de Ricardo ya no tenía frenos. Con un movimiento brusco, barrió toda la vajilla de café que estaba sobre la mesa, haciéndola pedazos contra el suelo.

—¡Todos ustedes han perdido el juicio! ¡¿Ya no me tienen el más mínimo respeto?! ¡¿Creen que están por encima de la ley?!

—¡El único que perdió la cabeza aquí eres tú! —chilló Beatriz, con los ojos desorbitados.

Ricardo le lanzó una mirada llena de asco. Tragándose la furia que le quemaba la garganta, la ignoró.

Se volvió hacia César Zaldívar, luciendo diez años más viejo, y dijo con voz apagada:

—Sr. Zaldívar, le ofrezco mis más sinceras disculpas. Sobre el tema de Renata... dejaremos el asunto por la paz. Solo le pido que esta carpeta...

—Nadie más la verá —respondió César con total indiferencia.

Ricardo por fin pudo soltar el aire que estaba conteniendo.

Pero Beatriz, al escuchar aquello, sintió que el mundo se le venía abajo.

—¡¿Tienes idea de lo que acabas de decir?! ¡¿Vas a dejar que la mujer que arruinó a tu hijo quede libre?!

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