Renata se quedó sin palabras, sin saber muy bien qué decir. Le dio las gracias a Camilo una vez más y bajó del vehículo.
De inmediato, el viento helado la azotó.
Encogió los hombros por el frío y comenzó a caminar a paso lento.
No notó que, a sus espaldas, la ventanilla del auto descendió lentamente, ni sintió la mirada profunda y persistente del hombre, que parecía quemarla desde la distancia.
César Zaldívar observó su silueta frágil perderse en la noche, mientras su pulgar acariciaba de forma inconsciente la leve marca blanca en su dedo anular.
A los diecisiete años, una chica se ponía de puntillas para abrazarlo por el cuello, cálida y tierna.
Esa voz juguetona todavía resonaba en su memoria.
"César Zaldívar, cuando gane mucho dinero y me convierta en una gran diseñadora, te voy a diseñar un anillo exclusivo, ¡solo para ti! Y te prometo que usaré los materiales más caros del mundo".
"César Zaldívar, en cuanto terminemos la universidad, hay que casarnos".
"César Zaldívar..."
Qué pena que, justo el año de su graduación, ella lo abandonara y desapareciera para siempre.
César cerró los ojos de golpe y presionó con fuerza la yema de su dedo contra la marca del anillo.
Con voz ronca, le ordenó a Camilo:
—Vámonos.
Pensó que se estaba volviendo loco de tanto extrañarla.
Su Tatiana era luz, bondad pura... era única.
Ella lo amaba profundamente, jamás le habría ocultado nada.
¿Cómo iba a ser Renata Yepes su Tatiana?
...
Camilo, notando el pesado estado de ánimo de su jefe, no se atrevió a decir ni media palabra y puso el auto en marcha.
Aunque en el fondo sentía mucha lástima.
Habían pasado tantos años, y su jefe seguía sin poder superar la muerte de Tatiana Rivas.
Ahora que por fin se había cruzado con una chica que se le parecía tanto, resultaba que...
¡Ay!
¡Ojalá Renata fuera realmente Tatiana!
Acordándose de algo importante, Camilo miró el espejo retrovisor y preguntó dudoso: —¿Y qué hacemos con la futura colaboración con la gerente Yepes? ¿Usted participará? Y sobre su identidad... ¿sigo investigando?
—Antes no pude terminar de contarle. Como parece que la señorita Yepes es la novia no oficial de Enrique Yáñez, investigar a fondo su pasado tomará un poco más de tiempo... Lo más rápido que tendré resultados será mañana o pasado mañana.
—Además... pasado mañana, ¿seguimos con el plan de regresar a Santa Clara?
Al escuchar esto, el rostro de César se ensombreció aún más. Su pulgar siguió acariciando con ansiedad la marca de su dedo.
Cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás apoyándola en el asiento y su nuez se movió con un trago pesado y reprimido.
Al terminar de curarla, Renata se levantó para ir a procesar su ingreso al hospital, ya que pasar la noche sola en esas condiciones sería demasiado complicado.
La doctora le advirtió: —Hija, en serio, háblale a algún familiar o a tu novio. Estar así de sola es muy difícil... y demasiado triste.
Renata esbozó una sonrisa cortés, murmuró una excusa y se marchó.
Hace unos momentos, con el frío del exterior, la herida se le había entumecido. Ahora, con el calor del hospital, el dolor volvió con más fuerza.
Tenía que detenerse a descansar cada par de pasos.
—Enrique, de verdad pareces mi mamá, te preocupas por todo.
De repente, una voz femenina y coqueta resonó frente a ella.
El cuerpo de Renata se congeló.
Al levantar la mirada, vio a dos personas caminando prácticamente pegadas.
Enrique llevaba unos análisis médicos en una mano, y con su otro brazo, fuerte y protector, rodeaba la cintura delgada de la chica, sosteniéndola. Se veían extremadamente íntimos.
Al escuchar la queja de la chica, él la miró desde su altura, con los ojos oscuros llenos de pura ternura.
—Siempre es mejor prevenir.
El rostro de Renata perdió todo el color en un instante y sintió que el tobillo le latía con un dolor insoportable. Pero cuando alzó un poco más la vista y notó que los dos acababan de salir del Departamento de Ginecología y Obstetricia, ¡su corazón dio un vuelco violento!
¡Ginecología!

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