Camilo se quedó sin palabras por un momento.
Tenía ganas de decirle: "¿No eras tú el que quería saberlo todo sobre ella? Ahora que tienes la oportunidad de estar a solas, ¿te pones difícil?"
Pero, por supuesto, no se atrevió.
Camilo sonrió con nerviosismo y dijo: —A esta hora es casi imposible conseguir transporte por el tráfico.
—Además, está nevando, hace mucho frío. Una joven como ella, si se queda más tiempo ahí afuera, seguro pescará un resfriado.
—Y, por lo que veo en su forma de caminar, va cojeando... Parece que está lastimada.
César se quedó en silencio. La luz de la noche iluminaba su perfil endurecido, ocultando cualquier rastro de emoción en su rostro.
Unos segundos después, ordenó: —Acércate. Si va para nuestro rumbo, la llevamos.
—¡Enseguida!
Camilo condujo hacia ella.
...
En la acera, Renata no lograba conseguir un taxi. Temblando de frío, se abrazó a sí misma, bajó la mirada con tristeza y dejó escapar un largo suspiro.
Al segundo siguiente, un auto se detuvo justo frente a ella.
Renata levantó la vista con sorpresa, pero al darse cuenta de que era un imponente Maybach, se quedó paralizada.
La ventanilla bajó, revelando el rostro amigable de Camilo.
—Asistente Falla —dijo ella, asombrada. Luego desvió la vista hacia el hombre sentado en la parte trasera, César Zaldívar.
El hombre llevaba un traje elegante e impecable, lucía guapísimo. Seguro venía de algún evento social importante; tenía el cuello de la camisa ligeramente desabrochado, lo que le daba un aire desaliñado pero increíblemente atractivo.
—Sr. Zaldívar...
César asintió levemente con su habitual frialdad, a modo de saludo, y no volvió a mirarla.
Renata apretó los labios.
Camilo carraspeó y ofreció: —Gerente Yepes, ahora mismo es casi imposible conseguir taxi. Díganos a dónde va, nuestro jefe puede acercarla.
Renata se sintió un poco avergonzada, al fin y al cabo, apenas y se conocían.
Negó con la cabeza y dijo: —No es necesario...
—No sea tímida, vamos hacia la Avenida del Río Oeste —insistió Camilo.
Renata titubeó.
Curiosamente, le quedaba de camino.
—¡Oigan! ¿Se van a mover o qué? ¡Si no avanzan, no estorben! —le gritó un conductor impaciente desde atrás.
Sin otra opción, Renata abrió la puerta trasera, subió al auto y dijo con gratitud: —Entonces... muchas gracias por la molestia, Sr. Zaldívar.
César le dio una rápida mirada a su cabello húmedo por la nieve, y sus ojos se oscurecieron por un instante.
—No es molestia.
Renata, con la guardia baja, cruzó su mirada con la de él y sintió que el corazón le daba un vuelco.
Era una sensación indescriptible.
Como si... esa misma mirada, ese mismo encuentro, hubiera ocurrido miles de veces antes.


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