Enrique Yáñez subió a su auto, pero no encendió el motor de inmediato. Bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo, consumido por una extraña frustración que no lograba definir.
¡Renata estaba justo a su lado!
Quizás era su frialdad. Desde anoche, sentía que ella estaba volviendo a marcar distancia...
Antes creía que no le importaba, pero ahora...
Enrique frunció el ceño. Antes de poder analizarlo más a fondo, su teléfono comenzó a sonar.
Era Ximena Zapata, con su típica voz dulce y aterciopelada: —¿Ya llegaste, Enrique?
La mirada de Enrique se oscureció. Apagó el cigarrillo y respondió con voz grave: —Ya estoy aquí.
Sin decir más, arrancó el auto y se alejó rápidamente.
Pensó que quizás se había acostumbrado demasiado a la ternura de Renata en los últimos días, y por eso su repentina frialdad le dejaba un sabor amargo.
Seguro solo estaba enojada.
¡En cuanto terminara con el asunto de los cupos del concurso esta mañana, iría a contentarla!
Media hora después, el auto llegó a las oficinas de los organizadores.
Ximena ya lo estaba esperando. Entraron juntos al imponente edificio.
La cálida luz del sol bañaba sus figuras cercanas; a simple vista, parecían la pareja perfecta, profundamente enamorados.
Renata llegó en su auto justo a tiempo para presenciar esa escena.
Aunque se había preparado mentalmente, no pudo evitar palidecer ligeramente.
Fue la voz de Mauricio Zamora a través del teléfono lo que la trajo de vuelta a la realidad.
—Renata, aprovecha bien esta oportunidad. Es el último momento decisivo.
Renata recobró la compostura, su mente ahora fría y calculadora. —Lo tengo claro, Maestro Zamora.
—Bien, ve entonces.
Colgó la llamada.
Renata tomó la carpeta con los documentos impresos del asiento del copiloto, bajó del auto y caminó con firmeza hacia el edificio.
Mientras tanto, Enrique y Ximena ya estaban en la sala de juntas.
Varios de los directivos ya habían llegado. Al verlos entrar, se pusieron de pie de inmediato para saludarlos. —Sr. Yáñez, Srta. Zapata.
Enrique asintió con elegante reserva.
A Ximena le resultó familiar esa voz. Frunció el ceño, intrigada, y volteó a ver.
Cuando se dio cuenta de que la recién llegada era Renata, abrió los ojos de par en par, impactada. Una idea absurda cruzó por su mente.
¡Pero enseguida la descartó!
¡Era imposible que Renata fuera la elegida del Maestro Zamora!
Enrique también levantó la mirada. Al verla, su ceño se frunció imperceptiblemente.
Pensó que ella se había enterado de que él estaba respaldando a Ximena a sus espaldas y había venido a hacer una escena por celos.
Se levantó, caminó hacia ella y le exigió en voz baja: —¿Qué haces aquí?
Fue un reproche frío y directo.
Renata soltó una risa amarga en su interior. Lo miró a los ojos, y en su mirada expresiva ya no quedaba ni un rastro de amor, solo una absoluta indiferencia.
—¿Por qué no habría de estar aquí? —respondió.
Enrique pensó en la otra posibilidad, pero le pareció ridícula. ¿Renata, la protegida de Mauricio Zamora? Imposible.
La tomó de la muñeca y murmuró: —Renata, no cruces la línea. Te explicaré todo esto después. Ahora vete a casa.

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