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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 244

Ambos bajaron y salieron del edificio.

El aire frío les golpeó el rostro.

Renata se abrazó a sí misma, incapaz de distinguir si el frío provenía del clima o de su propia alma. Pero al menos, ¡su mente por fin estaba despejada!

Giró la cabeza hacia Mateo, quien la miraba lleno de preocupación, y le sonrió débilmente. —Mateo, estoy bien. Ve a atender tus cosas.

Mateo en efecto tenía mucho trabajo; había hecho un hueco en su agenda solo para apoyarla ese día.

Pero la angustia que sentía por ella no desaparecía.

—Renata, ¿por qué no vienes a mi oficina un rato?

Renata negó con la cabeza, bajando la mirada con una sonrisa melancólica.

—No, Mateo, de verdad no te preocupes. Estoy bien. Ya no soy esa niñita ingenua que haría una estupidez por un hombre.

Años atrás, siendo más inmadura, había sufrido horrores por la frialdad de Enrique.

Si le mandaba un mensaje y él tardaba en responder, ella pasaba horas torturándose, pensando si había dicho algo malo, si lo había interrumpido, si...

¡Qué estúpida había sido!

Mateo la observó detenidamente por unos segundos. Al ver su firmeza, decidió no insistir. Le revolvió el cabello con cariño y le aconsejó con voz suave:

—Está bien, regresaré a la empresa. Si necesitas algo, llámame a la hora que sea.

Antes de irse, recordando la cercanía del certamen, añadió: —Tómate un respiro y prepárate con todo para la competencia.

Renata asintió con determinación. —Entendido.

Mateo se marchó.

Renata lo vio alejarse. La sonrisa forzada que había mantenido se desvaneció lentamente, y sus ojos se cristalizaron.

Cuando pisotean tu corazón de esa manera, ¿cómo no va a doler? No estaba hecha de piedra...

Se quedó aturdida por unos instantes antes de subir a su auto. Puso en el GPS la dirección de un bar y arrancó.

En ese momento, solo quería un trago... Arrancarse de tajo a una persona, descubrir su verdadera cara, era como arrancarse la mitad de la piel. Ese dolor sordo e incesante le desgarraba el pecho; necesitaba alcohol para adormecerlo.

Decidió que esa noche sería el funeral de los sentimientos que había desperdiciado en él.

Su elegante Range Rover se integró al tráfico, acelerando rápidamente.

Segundos después, un Maybach negro se colocó detrás de ella, siguiéndola de cerca, como si la hubiera estado esperando.

César Zaldívar iba al volante. Sus largos y estilizados dedos aferraban el timón mientras sus profundos y magnéticos ojos no perdían de vista la Range Rover que iba delante.

¡Apenas ese día se había enterado de que Renata era la famosa protegida del Maestro Zamora!

Mientras la seguía, su corazón latía con una fuerza indomable. Con una mano, tomó el teléfono de la consola y marcó un número.

Camilo Falla respondió de inmediato: —¿Jefe?

Conocía a la perfección los diseños de Tatiana, entendía su estilo, su esencia. Por eso, casi al instante, supo que aquellos trazos habían sido hechos por Renata.

Mientras los miraba, sus ojos se llenaron de lágrimas. En ese instante, aquellos diseños dejaron de ser simples trazos en papel para convertirse en... su único consuelo.

—Renata... —susurró, con la voz quebrada por una profunda nostalgia.

Levantó la mirada hacia la Range Rover que tenía enfrente. Por un momento, estuvo a punto de perder el control, bajar de su auto y abrazarla con todas sus fuerzas.

Pero la razón se impuso.

Hasta no descubrir toda la verdad sobre lo ocurrido en el pasado, no podía permitirse ningún movimiento en falso.

No podía arriesgarse a perderla por segunda vez...

El semáforo cambió a verde.

La Range Rover comenzó a avanzar.

César la siguió de cerca. Recordando algo crucial, le envió un mensaje a Camilo:

[Averigua discretamente qué métodos existen para que una persona que sufrió un trauma severo recupere la memoria. Mantenlo en absoluto secreto; que nadie de la familia en Santa Clara se entere.]

En el fondo, intuía que la muerte de Tatiana y la misteriosa desaparición de sus padres tenían los hilos de los Zaldívar moviéndose en la sombra.

En sus años de universidad, él había ocultado su verdadera identidad, por lo que Tatiana nunca supo que él pertenecía a la temida y poderosa familia Zaldívar de Santa Clara; siempre creyó que era un estudiante común y corriente.

Él mismo había querido mantener su relación en secreto hasta que llegara el momento adecuado para enfrentarse a su familia.

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