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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 245

Pero esa oportunidad nunca llegó; la tragedia se interpuso.

Analizándolo ahora en retrospectiva, la desaparición de Tatiana y sus padres probablemente fue orquestada desde el principio.

César apretó el volante con fuerza, mientras un aura de letal frialdad se apoderaba de su rostro.

...

Renata no tenía idea de que la seguían. Llegó al Club Ébano y entró arrastrando el peso de su tristeza.

Afuera aún brillaba el sol, pero dentro del club la noche ya había comenzado. Luces de neón, música ensordecedora, gente de todo tipo ahogando sus penas, charlando o perdiendo el control en la pista de baile. Algunos, ya pasados de copas, se quitaban la ropa y se besaban apasionadamente en medio del caos. ¡El lugar era un descontrol total!

Un ambiente desenfrenado, puro hedonismo.

Renata estaba genuinamente asombrada. Era la primera vez que pisaba un lugar así.

Enrique odiaba ese tipo de ambientes.

En el fondo, él era bastante machista y prefería a las mujeres recatadas y sumisas.

Por eso, durante esos tres años, ella había interpretado a la perfección el papel de la novia ideal, ¡incluso manteniendo su cabello largo, lacio y oscuro porque así le gustaba a él!

Renata esbozó una sonrisa amarga. Encontró un asiento libre en la barra y pidió un Bloody Mary.

Ahora que se había arrancado ese amor del pecho, ¡iba a romper cada una de las cadenas que la habían atado!

El barman le sirvió su trago rápidamente. Al notar su belleza delicada, tan fuera de lugar en aquel antro, no pudo evitar quedarse mirándola maravillado...

Renata se apartó un mechón de cabello y dio un pequeño sorbo. El alcohol era intenso; al tragarlo, sintió como si una llama le incendiara la garganta y el estómago.

Eso la transportó involuntariamente al día en que Enrique la llevó a tomar por primera vez en una cena de negocios.

Era la primera vez que probaba un licor tan fuerte. Con solo un par de sorbos, su estómago y su garganta protestaron violentamente.

En aquel entonces, él fue increíblemente tierno. Al ver que ella no podía más, tomó los tragos por ella, la llevó a casa e incluso le compró medicina para asentarle el estómago.

Así fue como, poco a poco, se dejó atrapar en esa red de falsas atenciones, sin poder escapar.

Pero con el tiempo, él cambió...

Tal vez el viejo dicho era cierto:

¡Los hombres son todos iguales, en cuanto consiguen lo que quieren, dejan de valorarlo!

Renata frunció el ceño, sintiendo una punzada de dolor.

Se llevó la mano al estómago antes de dar un segundo sorbo. Al dejar la copa, ya un poco mareada, soltó en un murmullo tembloroso: —¡Maldito seas!...

—¿Mal de amores, preciosa?

Una voz masculina y seductora sonó de pronto muy cerca de su oído.

Renata soltó una carcajada cargada de desprecio.

—¡Aunque fueras el último hombre sobre la tierra, jamás me fijaría en ti!

Ignacio se quedó paralizado. Inmediatamente después, su rostro se puso rojo de rabia por el rechazo. —Oye, ¿qué te pasa? ¡A ver, repítemelo si te atreves!

La mirada de Renata se volvió de hielo.

Hizo un gesto con la barbilla hacia la mano derecha del tipo.

Ahí estaba. Una clara marca pálida en la base del dedo anular. Era obvio que estaba casado y solo había venido a buscar una aventura barata.

¡Qué poco hombre!

Sin pensarlo dos veces, Renata le arrojó el resto de su Bloody Mary directo a la cara, sentenciando con frialdad:

—¡Mejor ve a tu casa y divórciate de tu esposa, antes de contagiarle alguna porquería!

Ignacio, empapado de alcohol y en completo shock, estalló de ira. Se limpió la cara con violencia y se lanzó a agarrarla del brazo.

—¡Maldita zorra, te vas a arrepentir! ¡Vienes a este lugar y encima te la pasas haciéndote la santa!

Renata frunció el ceño, metió rápidamente la mano en el bolsillo y sacó un spray de pimienta, apuntando a sus ojos.

Pero una mano grande, de largos dedos y fuerza arrolladora, se adelantó a ella. Agarró a Ignacio por el hombro con un agarre de acero y, con un movimiento brutal, lo lanzó por los aires hasta estrellarlo contra el suelo.

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