La cara de Renata se tiñó de un rojo intenso por la vergüenza. Levantó el pie, le dio una patada en el muslo y, de pronto, dejó una huella polvorienta en su impecable traje.
—¡Aléjate! ¡Vete! ¡Vete con Ximena! ¡Jamás volveré a involucrarme contigo en mi vida!
Enrique frunció el ceño. Le apretó la cintura con un sentimiento agridulce y, al límite de su paciencia, le dijo:
—Sé que estás muy enojada en este momento, ¡tómate un tiempo para calmarte!
Luego la soltó, se arregló los puños desordenados y salió con rostro sombrío. Recuperó su postura de hombre noble e inalcanzable, como si lo ocurrido acabara de ser un incidente sin la menor importancia.
Sin embargo, Renata quedó hecha pedazos por su actitud.
La puerta se cerró suavemente.
Renata se desinfló como un globo pinchado y se dejó caer en la silla, abrazándose a sí misma, con la mirada perdida...
Los hombres siempre eran iguales, solo les importaban sus propios sentimientos y creían ingenuamente que una mujer olvidaría el daño con un poco de insistencia. O peor aún, ¡que se calmaría por sí sola! ¡Estaba convencido de que ella nunca lo dejaría!
Pero él estaba equivocado.
Ella en verdad ya no lo quería...
...
Enrique salió del dormitorio con expresión tormentosa y muy mal humor; se sentó en el sofá de la sala, encendió un cigarrillo y comenzó a fumar.
Al ver que no había logrado reconciliarse con ella, Inés se acercó con preocupación y suspiró.
—Joven Enrique, la señorita Yepes de verdad está muy herida. Ella no estaba con ese Sr. Zaldívar por motivos deshonestos; fue porque su estómago le dolía muchísimo y, como no había nadie para ayudarla, no tuvo otra opción que molestarlo a él...
El movimiento de Enrique al fumar se detuvo.
Inés siguió defendiendo a Renata:
—La señorita Yepes tenía un dolor estomacal tan fuerte que incluso se quejaba mientras dormía. Tenía la carita tan pálida, daba mucha lástima...
Los dedos de Enrique, que sostenían el cigarrillo, temblaron. La ceniza le quemó un poco la piel, pero ni siquiera pareció sentir el dolor.
Entonces... ¿cuando se topó con Renata en el vestíbulo del hospital, ella ya se sentía tan mal?
Y él... la había ignorado por completo para ir a entregarle un medicamento a Ximena.
De hecho, pudo haberle pedido a alguien más que subiera a dejarlo, pero no lo hizo.
Enrique cerró los ojos, invadido por una profunda culpa y arrepentimiento.
Inés continuó:
—Joven Enrique, si yo, siendo una extraña, me sentí triste por ella, imagínese cómo debe sentirse la señorita Yepes. Esta vez, de verdad tiene que tratar de contentarla bien, o de lo contrario la perderá para siempre.
Enrique frunció el ceño. Aquellas últimas palabras le rasparon la garganta.
Él no amaba a Renata.
Pero jamás había contemplado la idea de que ella lo abandonara.
Tras una pausa, logró pronunciar con dificultad:

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