Cuando estuvo a su lado, jamás le permitió trabajar ni beber alcohol. Pero al estar con Enrique Yáñez, él la obligó a asistir a interminables compromisos sociales, bebiendo tanto que le provocó úlceras en el estómago.
Con razón, aquel día en el club, apenas tomó una copa y su cuerpo reaccionó tan mal. ¡Su estómago ya estaba arruinado desde hacía mucho tiempo!
César cerró los ojos, levantó un poco la cabeza y sintió un ardor en los párpados.
Santiago, al ver el semblante del hombre tan descompuesto, se asustó y trató de justificarse:
—¡Yo no quería mandarla a trabajar, de verdad! En ese tiempo éramos muy pobres, ¡no teníamos dinero para mantenerla!
César le lanzó una mirada fulminante. Después de un silencio prolongado, dijo con voz profunda:
—Al salir de aquí, no quiero que nadie más sepa de estos asuntos. ¿Lo entiendes?
Santiago asintió vigorosamente:
—¡Sí, señor! ¡Me llevaré estos secretos a la tumba!
César asintió levemente, le dio una mirada significativa a su guardaespaldas, y se marchó.
El guardaespaldas sabía perfectamente lo que el jefe quería: vigilar a Santiago Valdés sin descanso, para ver si lograba atraer al verdadero pez gordo.
¡La persona que había orquestado todo en el pasado seguramente tendría gente vigilando cada paso de Renata y la familia de Santiago en la capital!
César salió del club y se subió al auto. Pensando en todo lo que acababa de escuchar, se recostó contra el asiento con los ojos cerrados, reflexionando profundamente.
Camilo hizo una llamada fuera del auto. Un minuto después, se sentó en el asiento del copiloto y le dijo:
—Sr. Zaldívar, ya envié a mi gente a la comisaría. Creo que Santiago nos dijo la verdad; ahora seguiré rastreando esa pista con la policía.
César abrió los ojos. En su mirada profunda se reflejaba una oscuridad abrumadora, como un abismo submarino.
—Solo envía a alguien para que mantenga vigilada la comisaría. No encontrarán gran cosa; si esos tipos se atrevieron a hacer algo así, ya deben haber destruido toda la evidencia.
Camilo, sorprendido, preguntó:
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
Los ojos de César se ensombrecieron:
—Lo principal es mantener los ojos fijos en Santiago Valdés. Es seguro que enfrentará algún problema en los próximos días, y así atraparemos al que está detrás de todo esto.
Camilo comprendió de inmediato.
—Entendido.
César asintió y, tras dar la orden, abrió la carpeta negra para revisarla... Poco a poco, una profunda sombra cubrió sus ojos.
De hecho, la forma más rápida de descubrir la verdad del pasado, ¡era hacer que Renata recuperara sus recuerdos!
—Comunícate con el Maestro Zamora, explícale un poco la situación y pídele el favor de invitar a salir a Renata.
—Enseguida, señor.
Pero Renata permaneció completamente impasible.
Estaba distraída recordando la llamada entre él y Ximena; las paredes no aislaban el sonido y lo había escuchado todo.
¿Cómo podía ser tan buen actor...?
Enrique la acomodó suavemente en la cama.
Renata volvió en sí. Sus pestañas temblaron levemente y lo miró fijamente, con la expresión asustadiza de un ciervo indefenso...
El pijama de seda se adhería a su hermosa figura. Al no llevar sostén, la delicada suavidad de su pecho se marcaba sutilmente; solo las copas del pijama evitaban que quedara totalmente expuesta.
Era innegablemente hermosa.
La mirada de Enrique se oscureció y, sin poder contenerse, extendió la mano para acariciarle el rostro.
Los ojos de Renata temblaron, destilando un brillo apenas perceptible.
¿Acaso no conocía a la perfección sus oscuras intenciones?
—Enrique Yáñez, no conseguiste satisfacción con Ximena, así que quieres acostarte conmigo para desahogar tus deseos, ¿no es así?
De repente rompió el silencio.
—O será que, como no pudiste tenerme en la cama en todos estos años, y ahora que terminamos te molesta pensar que mi primera vez será para otro, quieres acostarte conmigo ahora mismo.

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