Los guardaespaldas en la habitación, al ver entrar a César, lo saludaron con respeto.
—Sr. Zaldívar.
César miró a Santiago Valdés con los ojos entrecerrados.
Un guardaespaldas entendió la orden al instante, tomó una botella de agua helada y se la arrojó a la cabeza de Santiago.
—¡Ah! —Santiago despertó de golpe, jadeando por aire, y suplicó por instinto—: ¡Por favor, suéltenme, les pagaré todo! Les juro que mi hermana no es cualquiera, su novio es Enrique Yáñez, el de la Corporación Yáñez, es asquerosamente rico. ¡Déjenme ir y le pediré el dinero ahora mismo!
Camilo frunció el ceño e intercambió una mirada nerviosa con César. El rostro de su jefe era como una tormenta inminente; supo de inmediato que Santiago iba a sufrir graves consecuencias.
César, en vez de enojarse, sonrió.
—Y dime, ¿quién es esa famosa hermana tuya?
Santiago, creyendo ver un rayo de esperanza, abrió a duras penas los ojos morados e hinchados para ver a la persona que le hablaba.
Sin embargo, antes de poder pronunciar palabra, al reconocer el rostro del hombre, su voz se apagó de golpe y su cara se puso pálida de terror.
Por fin se dio cuenta de la magnitud del problema en el que estaba.
—S-Sr. Zaldívar...
César esbozó una sonrisa. Su mano larga y elegante palmeó el hombro del hombre; cada golpe parecía tener la intención de destrozarle los huesos.
—¿Por qué tan nervioso? Si no has dicho ninguna mentira.
Los hombros de Santiago se encogieron, y de repente sintió que la garganta se le bloqueaba. Si a estas alturas no se había dado cuenta de su error, sería el hombre más idiota del mundo.
—No, Sr. Zaldívar, ¡dije tonterías, puras mentiras! ¡No debí engañarlo...!
César enarcó una ceja, apretó su hombro con fuerza y su sonrisa se volvió siniestra.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué me engañaste?
—¡Ah!
Santiago comenzó a gritar y retorcerse de dolor, lamentando más que nunca el día en que había intentado engañarlo.
¡De dónde había sacado el valor para intentar estafar a César Zaldívar!
—¡Lo siento mucho, Sr. Zaldívar! ¡Le diré la verdad, le contaré todo lo que sé!
Un destello gélido pasó por los ojos de César. Finalmente lo soltó y ordenó con voz de hielo:
—Habla.
Santiago, pálido y soportando el dolor agudo, relató temblando:


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