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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 258

Los guardaespaldas en la habitación, al ver entrar a César, lo saludaron con respeto.

—Sr. Zaldívar.

César miró a Santiago Valdés con los ojos entrecerrados.

Un guardaespaldas entendió la orden al instante, tomó una botella de agua helada y se la arrojó a la cabeza de Santiago.

—¡Ah! —Santiago despertó de golpe, jadeando por aire, y suplicó por instinto—: ¡Por favor, suéltenme, les pagaré todo! Les juro que mi hermana no es cualquiera, su novio es Enrique Yáñez, el de la Corporación Yáñez, es asquerosamente rico. ¡Déjenme ir y le pediré el dinero ahora mismo!

Camilo frunció el ceño e intercambió una mirada nerviosa con César. El rostro de su jefe era como una tormenta inminente; supo de inmediato que Santiago iba a sufrir graves consecuencias.

César, en vez de enojarse, sonrió.

—Y dime, ¿quién es esa famosa hermana tuya?

Santiago, creyendo ver un rayo de esperanza, abrió a duras penas los ojos morados e hinchados para ver a la persona que le hablaba.

Sin embargo, antes de poder pronunciar palabra, al reconocer el rostro del hombre, su voz se apagó de golpe y su cara se puso pálida de terror.

Por fin se dio cuenta de la magnitud del problema en el que estaba.

—S-Sr. Zaldívar...

César esbozó una sonrisa. Su mano larga y elegante palmeó el hombro del hombre; cada golpe parecía tener la intención de destrozarle los huesos.

—¿Por qué tan nervioso? Si no has dicho ninguna mentira.

Los hombros de Santiago se encogieron, y de repente sintió que la garganta se le bloqueaba. Si a estas alturas no se había dado cuenta de su error, sería el hombre más idiota del mundo.

—No, Sr. Zaldívar, ¡dije tonterías, puras mentiras! ¡No debí engañarlo...!

César enarcó una ceja, apretó su hombro con fuerza y su sonrisa se volvió siniestra.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué me engañaste?

—¡Ah!

Santiago comenzó a gritar y retorcerse de dolor, lamentando más que nunca el día en que había intentado engañarlo.

¡De dónde había sacado el valor para intentar estafar a César Zaldívar!

—¡Lo siento mucho, Sr. Zaldívar! ¡Le diré la verdad, le contaré todo lo que sé!

Un destello gélido pasó por los ojos de César. Finalmente lo soltó y ordenó con voz de hielo:

—Habla.

Santiago, pálido y soportando el dolor agudo, relató temblando:

—Al principio no planeábamos hacernos cargo de ella, después de todo, no teníamos dinero. Cuando se recuperó, Isabel la llevó a la comisaría, pensando que su familia vendría a buscarla.

—Pero la policía no sirvió de nada, fueron de un lado a otro y perdimos muchísimo tiempo. No podíamos darnos el lujo de gastar más dinero en eso, teníamos que trabajar para comer, así que Isabel decidió llevársela a casa, dejó de ir a la comisaría y solo se quedó esperando que ellos la llamaran. Pero esa llamada jamás llegó.

César preguntó repentinamente con voz glacial:

—¿Qué comisaría fue?

Santiago dio un salto del susto y se apresuró a dar el nombre.

César le indicó a Camilo que tomara nota.

Camilo asintió con gravedad; desde el principio, sabía que había algo muy turbio en todo ese asunto.

Renata había llegado sola a la capital, en autobús de larga distancia y no en avión o tren, lo que sugería que había sucedido algo grave y no podía usar su documento de identidad. Y si además la policía no había hecho su trabajo, era evidente que alguien poderoso había movido los hilos desde arriba.

¡Qué diablos había sucedido hace tres años!

Santiago siguió soltando un montón de información, pero eran cosas posteriores: cuando empezó a estudiar, a trabajar a medio tiempo, cuando conoció a Enrique Yáñez...

Aunque no fueran grandes revelaciones, César escuchó cada palabra con absoluta atención, sintiendo cómo se le destrozaba el corazón.

La chica a la que él había atesorado en lo más profundo de su ser, había sufrido un infierno durante esos tres años.

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