—¿Será que últimamente he sido demasiado amable contigo? ¿Eh?
Después de eso, un silencio sepulcral llenó la habitación, un silencio que lo decía todo...
...
Dos de la mañana, Hospital General del Norte.
Renata acompañó a Enrique al hospital para que lo revisaran.
En la elegante sala de curaciones, Renata estaba sentada en silencio en una de las sillas, mirando la pantalla de su celular, con una actitud que dejaba claro que no quería estar ahí.
El doctor le estaba limpiando la herida a Enrique. Al ver la cantidad de sangre seca, no pudo evitar hacer un comentario de advertencia.
—Esta herida no es profunda, ¡pero no pueden dejar pasar estas cosas! ¿Cómo es que su pareja no lo detuvo a tiempo?
Habló con cierto tono de reproche e insinuación.
Enrique, siendo un hombre adulto, entendió perfectamente por dónde iba el comentario.
Miró fríamente a la pequeña mujer que estaba sentada frente a él, totalmente relajada.
La verdad era que, al final, no había pasado nada. El golpe en la frente lo había dejado mareado y sangrando, y con Renata luchando con todas sus fuerzas, el cuerpo no le dio para continuar aunque quisiera.
Enrique soltó una risa sarcástica.
—Ella desearía que la herida fuera más grave. ¡Así podría largarse con otro!
Renata sintió la indirecta, pero ni siquiera se molestó en responder.
El doctor quedó atrapado en medio de la tensión, sintiéndose extremadamente incómodo. ¡Los jóvenes de hoy sí que tenían juegos peligrosos!
Se apresuró a terminar de vendar a Enrique, le dio un par de indicaciones y se escabulló rápidamente de la sala.
Ahora solo quedaban ellos dos. El ambiente era sofocante.
Al ver que ella no despegaba la vista del celular y ni siquiera le dirigía una mirada, Enrique no aguantó más y rompió el silencio.
—Ven y sírveme un vaso de agua.
Renata por fin levantó la vista.
No dijo nada. Guardó el celular, se levantó, sirvió el vaso de agua y, al entregárselo, le dijo en tono neutral:
—Tengo cosas que hacer. Me voy.
Enrique tomó el vaso y frunció el ceño, recordándole su estado.
—Estoy herido, y fue por tu culpa.
Renata apretó los labios, fastidiada por la situación.


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