Media hora después, llegaron a Bahía Serena.
Enrique entró arrastrando a Renata de la mano.
Inés, que estaba acomodando algunas cosas en la sala, se alegró al verlos llegar y los saludó con una sonrisa.
—¡Joven Enrique, señorita Renata, ya regresaron! ¿Tienen hambre? ¿Quieren que les prepare algo de cenar?
Por mucho que Renata estuviera peleada con Enrique, jamás se desquitaría con Inés.
Le respondió con voz suave:
—No, Inés, gracias. Ya cené. Vete a descansar.
—Oh... está bien.
Enrique miró a Renata con irritación. ¡Para los demás sí tenía una voz dulce y palabras amables!
Soltó un bufido, la guio escaleras arriba hacia la habitación principal y, apenas cruzaron la puerta, la acorraló contra la pared de la entrada, apretando su cuerpo contra el de ella mientras murmuraba:
—Renata, no amo a Ximena. ¡Si la ayudé fue porque no me quedó de otra! Créeme, ¿sí?
Renata echó la cabeza hacia atrás para evitar su aliento ardiente. Escuchando su justificación, mantuvo el rostro inexpresivo y hasta se dio el lujo de darle un consejo sarcástico.
—Si no te quedó de otra, entonces con más razón deberías quedarte a cuidarla. ¡Te entiendo perfectamente!
Enrique se puso lívido. Le dieron unas ganas enormes de morderle esa boca para ver de qué estaba hecha, ¡para que fuera tan testaruda!
—¿De verdad tienes que ser tan hiriente?
La mirada de Renata se volvió gélida.
—¡Fuiste tú quien me dio los motivos para serlo!
Sin decir más, lo apartó bruscamente, fue hacia el vestidor, sacó su maleta y comenzó a guardar sus cosas.
Enrique, que también tenía su carácter y ya estaba harto de ser rechazado una y otra vez, sacó su cajetilla de cigarros con la intención de fumar un poco para calmarse.
Pero al verla a lo lejos, vaciando sus cosas en la maleta como si estuviera a punto de mudarse para siempre, frunció el ceño con furia.
Tiró el cigarro al suelo, se acercó a grandes zancadas, la levantó de un tirón y la empujó sobre el sofá antes de abalanzarse sobre ella.
Le reclamó lleno de rabia:
—Renata, te lo dije: ¡No acepto terminar contigo!
Cuando sintió que esa enorme mano bajaba a su cintura e intentaba meterse por debajo de su ropa, Renata palideció de terror. Sus manos buscaron desesperadamente algo a su alcance en la mesa auxiliar.
Por fin, sus dedos se cerraron alrededor de una pesada caja organizadora. La agarró con fuerza y la estrelló directamente contra la cabeza del hombre.
¡CRAC!
En ese instante, el mundo pareció quedarse en completo silencio.
Enrique se detuvo. Levantó la cabeza del cuello de ella y la miró con una expresión sombría y peligrosa. El impacto le había dado justo en la sien, y un hilo de sangre comenzó a brotar, dándole un aspecto aterrador.
En todos esos años, ¡nadie se había atrevido a desafiarlo y lastimarlo de esa manera!
Renata, con el rostro blanco como el papel, soltó la caja que tenía en la mano. Aun así, se armó de valor para sostenerle la mirada.
—Suéltame... No quiero estar así contigo...
Esa frase encendió por completo la furia de Enrique. Le agarró las mejillas con brusquedad, sin la menor delicadeza, dejándole marcas rojas por la presión.
Renata soltó un gemido de dolor.
Enrique bajó la cabeza y le besó la nariz enrojecida. Fue un gesto engañosamente suave, pero su voz cortó el aire como el hielo.

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