Pronto llegó el turno del diseño de Ximena.
El presentador anunció con una sonrisa: —¡Esta obra pertenece a la señorita Zapata! Un concepto brillante y un trazo exquisito. La puja inicial es de cincuenta mil dólares.
De inmediato, el público comenzó a ofertar: —¡Setenta mil!
—¡Cien mil!
...
Las ofertas subieron como la espuma, rebasando fácilmente los doscientos mil dólares, sin señales de detenerse.
Ximena sonrió triunfalmente y dirigió la mirada hacia Enrique.
Era imposible que Enrique la dejara sola en su gran momento. Y no se equivocó. El hombre levantó su paleta con sus dedos elegantes, ¡y disparó la oferta a cuatrocientos mil dólares, duplicando el precio anterior!
—¡Cielos, qué barbaridad! ¡El Sr. Yáñez de verdad consiente a su protegida!
—¡Pocas personas derrochan tanto dinero ni en sus propias parejas!
...
Ximena estalló de felicidad y miró a Renata con arrogancia. —¿Ya lo viste? Mira cómo me complace Enrique. ¿Cuánto crees que pujará cuando sea el turno de tu garabato?
El rostro de Renata se ensombreció por un segundo.
La imagen de Enrique alzando la paleta por Ximena se repetía en su mente.
Apretó los puños y respondió fríamente: —¿Y a mí qué me importa?
Ximena soltó una carcajada burlona. —¡Muérete de envidia!
Renata bajó la vista y permaneció en silencio, sin ganas de rebajarse a su nivel.
La subasta continuó.
Al público parecía fascinarle el diseño de Ximena, y las ofertas no paraban de llover.
—¡Cuatrocientos diez mil!
La Sra. Yáñez guardó silencio por un segundo antes de soltar la bomba: —¡Te la pasas evadiendo las citas con Mónica Serrano! ¡Por eso vine a buscarte! Dime, ¿qué tiene de malo Mónica? ¿Acaso es tanto pedir que salgas a cenar con ella?
—¿O es que me mentiste la otra noche y de verdad te enamoraste de Renata?
Enrique se quedó paralizado. De repente, la imagen de Renata deslumbrando a todos en el escenario se coló en su mente...
Una extraña calidez le recorrió el pecho.
Su ceño se frunció aún más. —No la amo —respondió en voz baja—. Simplemente estoy harto de que intentes controlar mi vida.
La Sra. Yáñez bufó, colérica. —¡Me importa un comino si te gusta o no! ¡Mañana mismo vienes a la casa! ¿En qué lugar dejas a Don Fernando Serrano si lo dejas plantado?
—¡Llevas años en este negocio! ¡No tengo que explicarte la importancia de mantener buenas relaciones sociales!
En realidad, las citas con Mónica Serrano eran solo una excusa. Ella conocía a su hijo mejor que nadie; si no quería algo, no había poder humano que lo obligara a hacerlo. Ya se había hecho a la idea.
¡El verdadero propósito de exigirle que volviera a casa al día siguiente era asegurarse de que Renata pudiera marcharse sin que él interfiriera! ¡No quería más complicaciones!
Enrique se sumió en un largo silencio antes de preguntar: —¿Por qué insistes tanto en que vaya mañana? ¿Qué me estás ocultando? ¿Tiene algo que ver con Renata?

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