En el salón de banquetes.
El diseño de Ximena había alcanzado los seiscientos mil dólares, gracias a la última puja de Quinto Ximénez.
¡La escena era gloriosa!
Todos los presentes suspiraban de envidia por la manera en que Enrique consentía a su protegida.
Ximena estaba en las nubes. El mal sabor de boca que le había dejado la presentación anterior se esfumó bajo los elogios de la multitud.
Renata, en cambio, observaba todo sin la más mínima expresión.
El conductor anunció con una sonrisa: —¿Alguien ofrece más? ¡Si no hay otra oferta, lo cerramos en seiscientos mil dólares!
—Seiscientos mil a la una, seiscientos mil a las dos... Parece que...
Justo en ese instante, una voz masculina, profunda y glacial, resonó en el salón.
—¡Un dólar!
Ximena se quedó atónita. Le pareció una broma de mal gusto. Frunció el ceño, buscó de dónde provenía la voz y, al ver al hombre que había hablado, se puso blanca como el papel...
El público también soltó exclamaciones de sorpresa. Todos voltearon a la parte de atrás, listos para insultar al insolente, pero cuando reconocieron quién sostenía la paleta, cerraron la boca de inmediato.
Era César Zaldívar.
El magnate más poderoso de Santa Clara. Un hombre intocable; nadie se atrevería a cruzarse en su camino.
Renata también se quedó pasmada. No esperaba que César interviniera de esa manera.
Que ella supiera, él no tenía ningún conflicto con Ximena. No había razón para que hiciera eso.
Pero al considerar una posibilidad...
El corazón le dio un vuelco y entrelazó los dedos, nerviosa.
El conductor, bañado en sudor frío, intentó aligerar el ambiente: —El Sr. Zaldívar tiene un sentido del humor impecable...
Cómodamente sentado, César replicó con frialdad: —No estoy bromeando. Si alguien desea ofrecer más por ese dibujo, adelante.
Era obvio que era una advertencia. Los presentes no eran idiotas; todos sabían qué terreno pisaban. ¿Quién en su sano juicio se atrevería a retar al jefe del Consorcio Zaldívar?
César soltó una risa seca. —Como nadie va a pujar, supongo que podemos pasar al siguiente diseño, ¿no?
El presentador, con gotas de sudor recorriéndole la frente, balbuceó: —A-así es. El diseño de la señorita Zapata se ha vendido por... un dólar.
Al escuchar esto, alguien no pudo contener la risa. —¡Un dólar! Jajajaja. ¡Qué miseria! ¡El precio más bajo de toda la subasta! ¡Qué humillación! Si yo fuera ella, buscaría un hoyo en la tierra para esconderme.
El rostro de Ximena perdió cualquier rastro de color. Las lágrimas de frustración inundaron sus ojos. Ella jamás le había hecho nada a César Zaldívar. ¿Por qué se ensañaba con ella?
Y entonces, lo comprendió.
Miró a Renata con el ceño fruncido y unió los puntos. Recordando los eventos de los últimos días, todo tenía sentido.
¡César Zaldívar estaba enamorado de Renata!
Los ojos de Ximena se tiñeron de rojo, consumidos por los celos.
¡¿Por qué diablos Renata tenía tanta suerte?!
¡No podía soportarlo!
Si la humillación de esta noche llegaba a los medios, ¡se convertiría en el hazmerreír de todo el país!
Desesperada, buscó a Enrique entre la audiencia.
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