Ximena también estaba acorralada.
Pero en ese momento, era evidente que no iba a dejar que la arrastraran al fango con ella, así que giró la cabeza con frialdad, ignorándola por completo.
La empleada se mordió el labio con tanta fuerza que casi se hace sangrar. Sus hombros comenzaron a temblar por el pánico, pero al mismo tiempo, otra emoción empezó a hervir dentro de ella.
Con los ojos inyectados en sangre, abrió la boca, intentando decir algo...
Renata entrecerró los ojos y soltó de golpe: —Parece que no dejas de mirar a la Srta. Zapata. ¿Por qué será?
La empleada soltó un jadeo ahogado y alzó la mirada hacia Renata, completamente aterrorizada.
El rostro de Ximena perdió aún más color, y tragó saliva con dificultad.
—Es verdad, no le ha quitado los ojos de encima a la Srta. Zapata.
—¿No me digas que fue ella quien le dio la orden?
—Dios mío...
Las dudas y las acusaciones inundaron el auditorio.
Ximena entró en pánico, pero cuanto más nerviosa se ponía, menos capaz era de articular una sola palabra.
Renata esbozó una media sonrisa fría.
De repente, la empleada gritó a todo pulmón: —¡Es mi culpa! ¡Yo fui quien quiso destruir el diseño de Renata! Todo esto no tiene nada que ver con Ximena. Si la miré hace un momento fue solo para... para incriminarla y salvarme yo.
Al escuchar esto, los que estaban cerca contuvieron el aliento.
Ximena soltó un suspiro de alivio imperceptible.
Renata frunció el ceño. Solo ella sabía que todo eso era una vil mentira.
Se acercó a la empleada y le exigió con frialdad: —Esa mentira es demasiado patética. Tú y yo no nos conocemos de nada, ¿por qué querrías arruinar mi diseño? ¿Cuál es tu motivo?
La empleada se quedó muda por un segundo, pero sacando fuerzas de flaqueza, le sostuvo la mirada: —¡Porque me parece una injusticia!
Renata se quedó desconcertada.
Y para vengarse de ella, Ximena seguramente le hizo creer a la chica agraviada que había sido Renata quien le arrebató el lugar. Así, manipuló a la hermana mayor, la empleada del personal, para que fuera ella quien ejecutara la venganza.
Renata sintió un escalofrío de repulsión recorrerle el cuerpo. Le lanzó una mirada helada a Ximena, pero esta se mantuvo impasible; solo torció los labios en una mueca cínica que parecía decir: *«No puedes demostrar nada».*
La empleada estaba histérica, pero por suerte no tenía un micrófono, así que el público no llegó a escuchar sus acusaciones; de lo contrario, la reputación de los organizadores habría quedado por los suelos.
Los demás concursantes la observaban con sentimientos encontrados. Todos pertenecían a la élite social, y el arrebatarle oportunidades a los demás era, para ellos, el pan de cada día. Ninguno tenía las manos limpias.
Sin embargo, en ese momento, sintieron un nudo en la garganta. Ver a esa mujer llorando con tanta desesperación... era demasiado desgarrador.
La presentadora también sintió pena por ella, pero para mantener el orden del evento, hizo una señal a seguridad para que se la llevaran a rastras.
Luego, con una sonrisa profesional, se dirigió al público para apaciguar las aguas: —Ofrecemos una disculpa sincera. Acaba de ocurrir un pequeño accidente y dos personas tropezaron. ¡Pero ahora, el programa debe continuar!
—Nuestros jueces ya han tabulado las calificaciones. A continuación, ¡la maestra Ana Valerio anunciará quién se lleva el primer lugar de este concurso!
El público, ajeno al verdadero drama, estalló en aplausos y vítores entusiastas.

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