Renata se negó rotundamente. —No, de ninguna manera. Tú no hiciste nada malo, no tienes por qué soportar sus humillaciones.
César se quedó atónito por un instante.
Enrique, que se acercaba en ese momento, escuchó la frase y sintió cómo un sabor amargo le inundaba el pecho.
¿Qué quería decir con que César no había hecho nada malo?
¿Acaso ya estaban juntos?
El pecho de Enrique subió y bajó con fuerza. Le dirigió una mirada profunda a Renata y luego clavó los ojos en César. Soltó una risa seca, consumido por la furia.
Levantó los brazos y comenzó a arremangarse la camisa. Sus movimientos eran elegantes y rebosaban clase, pero las palabras que salieron de su boca eran dagas afiladas.
—César, creo que la última vez te advertí que dejaras de buscarla. ¿Acaso mis palabras te entran por un oído y te salen por el otro?
El tono era increíblemente despectivo.
Renata sintió una mezcla de indignación y vergüenza. —¡Enrique! ¿Te das cuenta de las estupideces que estás diciendo?
César entrecerró los ojos, desprendiendo un aura peligrosa.
Se contuvo para no estallar allí mismo. Se giró, palmeó suavemente el hombro de la joven y, con voz cálida, le pidió que se adelantara a esperarlo. Luego, se quitó los gemelos de la camisa, apretó el puño y lo lanzó directo a la mandíbula de Enrique, escupiendo con voz helada: —¡Enrique, hay cosas que, para empezar, nunca fueron tuyas! ¡No tienes ningún derecho a hablarle así!
Pero Enrique no era de los que se dejaban golpear. Le devolvió el impacto de inmediato y se burló con frialdad: —¿Aún es de día y ya estás soñando despierto? Si no es mía, ¿acaso crees que será tuya?
Un destello gélido cruzó la mirada de César. Sin mediar palabra, le asestó otro golpe brutal.
Los dos hombres se enfrascaron en una pelea a puñetazo limpio.
Renata gritó aterrada, palideciendo. Corrió apresurada para intentar separarlos. —¡Ya basta! ¡Dejen de pelear!
Tiró del brazo de Enrique con desesperación.
En realidad, su fuerza era mínima, pero ese simple gesto hizo que Enrique sintiera cómo se le retorcían las entrañas.
Con un movimiento rápido, Enrique le sujetó la mano, la tiró contra su pecho y, frunciendo el ceño, le reprochó: —¿Tanto te duele verlo así?
Renata se zafó de su agarre con brusquedad, negándose a dirigirle una sola palabra.
¡Estaba completamente desilusionada de él!
Se dio la vuelta y se dirigió a César con evidente preocupación. —Sr. Zaldívar, está lastimado. Permítame acompañarlo al hospital para que lo revisen.
A César no le importaban en lo absoluto esos rasguños superficiales. Además, los golpes que había recibido Enrique no eran menores a los suyos.
Sin embargo, la preocupación de la joven y el hecho de que lo hubiera elegido a él, aceleraron los latidos de su corazón.
—Estoy bien, no te preocupes.
Renata dudó, queriendo insistir...
A un lado, Enrique observaba la escena con el rostro ensombrecido, tan tenso que parecía a punto de estallar.
¡A ella ni siquiera le importaba cómo estaba él!
Al ver que Renata aún pretendía seguir hablando con César, perdió lo último que le quedaba de paciencia. La agarró bruscamente por la muñeca y la arrastró consigo.
Renata dejó escapar un pequeño grito, tropezando y a punto de caer. Frunció el ceño y le gritó: —¡Enrique, estás loco! ¡Suéltame!
Enrique no detuvo su marcha. La miró de reojo y le respondió apretando los dientes: —¡Sí, estoy loco! ¡Tú me volviste loco!


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