¡No iba a dejar que se salieran con la suya!
Contrató a un detective privado en línea para investigar a fondo. Con las pruebas en la mano, los haría pagar. ¡Especialmente a Ximena! Le arrebataría, uno a uno, todos los trofeos que había robado.
El detective respondió de inmediato, asegurándole resultados en menos de una semana.
Renata le dio las gracias.
En ese instante, una notificación de Enrique apareció en su pantalla:
[Doña Elvira ya despertó. Ven a verla mañana, te extraña mucho.]
Renata leyó el mensaje en silencio y no se molestó en responder. Su mente estaba enfocada en planear su partida.
En cuanto la abuela se recuperara, ella desaparecería sin dejar rastro.
Media hora después, el taxi se detuvo frente a la entrada de su edificio.
Renata bajó del vehículo.
Como aún era temprano, no tenía prisa por subir a su departamento. Se dirigió al pequeño parque residencial para alimentar a los gatos callejeros.
Siempre había sido una amante de los animales y llevaba un par de latas de comida en su bolso. En sus tiempos libres de la oficina, solía alimentar a los gatos del área, y al mudarse a ese vecindario, había mantenido la costumbre.
Cuando vivía con Enrique, muchas veces había querido adoptar un gato. Pero él, con su obsesión por la limpieza y su desagrado por las mascotas, se lo había prohibido de forma tajante.
Sus ojos perdieron un poco de brillo al recordarlo. Sacudiendo la cabeza para ahuyentar la melancolía, abrió una de las latas y maulló suavemente, llamándolos.
Los gatitos, que ya la conocían bien, asomaron sus cabezas por debajo de los arbustos al escuchar su voz.
La gata blanca, una criatura preciosa, se acercó con elegancia y se frotó ronroneando contra sus piernas, pidiéndole comida.
El corazón de Renata se derritió. Se puso en cuclillas para darle de comer y acarició su cabecita con inmensa ternura.
De pronto, notó algo inusual: el vientre de la gata estaba muy colgado.
¡Había estado embarazada!
Y, a juzgar por su apariencia, acababa de dar a luz y estaba en pleno periodo de lactancia. ¡Y ella no se había dado cuenta en todos estos días!
arqueó una ceja.
No era la primera vez que la veía dándole de comer a los callejeros. Cuando aún vivían juntos en la mansión, en un par de ocasiones la había sorprendido con latas de atún, escabulléndose para alimentar a los animales.
En aquel entonces, le había parecido una estupidez. Incluso le había generado rechazo, pues detestaba a los animales.
Pero ahora...
Enrique entrecerró los ojos, hipnotizado por la imagen de aquella mujer agachada, acariciando al felino con tanta dulzura. Le dio una última calada al cigarrillo, sumido en sus pensamientos.
Al otro lado de la línea, su escolta, tras dudar un segundo, le envió un mensaje de advertencia:
[Sr. Yáñez, si la Srta. Yepes descubre que mandó a alguien a seguirla, se va a enojar muchísimo.]
La mirada de Enrique se endureció y tecleó con frialdad:
[¡Entonces que no se entere!]
Todo lo que hacía era por ella. Jamás dejaría que se diera cuenta.

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