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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 31

Renata detuvo sus pasos. Al deducir que Enrique había llevado a Ximena para conocer al maestro, su mirada se ensombreció.

Para Mateo no era la primera vez que veía a Enrique, pero sí la primera vez que se topaba con Ximena, y no pudo evitar torcer los labios en un gesto de desdén.

—No sé qué le vio Enrique Yáñez. A simple vista, está a años luz de ti —murmuró—. Además, con esa cara de frustración que trae, seguro que el maestro le cerró la puerta en las narices.

Renata levantó una ceja.

Efectivamente, Ximena acababa de ser rechazada por Mauricio Zamora y el golpe a su ego la tenía de pésimo humor.

Al escuchar voces, volteó.

Al ver que Renata estaba acompañada por un hombre, se quedó paralizada un segundo, antes de que una sonrisa burlona asomara en sus labios.

«Claro, una mujer sin clase», pensó. Al no poder retener el corazón de Enrique, ya estaba buscando otra rama más alta a la cual trepar.

Ximena esbozó una sonrisa cínica. Sin embargo, al observar al hombre a su lado...

Enrique tenía la mirada ensombrecida, pero no hizo ademán de acercarse.

Por supuesto, Renata notó el desprecio en los ojos de Ximena, pero le dio igual. Aunque, al ver la indiferencia de Enrique, no pudo evitar sentir un dolor punzante en el pecho.

Apretando los labios, le pidió a Mateo en voz baja que se fueran.

Mateo le dio unas palmaditas reconfortantes en el hombro y lanzó una mirada gélida hacia la pareja.

Ambos se dieron la vuelta para marcharse.

Ximena no dejaba de mirar a Mateo Linares.

De pronto recordó que él era el único discípulo de Mauricio Zamora. Pensó que si lograba acercarse a él, tal vez podría tenderle un puente con el maestro...

No perdía nada con intentarlo.

Así que, cuando pasaron cerca, ignoró a Renata por completo y le extendió la mano a Mateo con una sonrisa radiante y llena de confianza.

—Un placer, Sr. Linares. No imaginé que hoy también vendría a tomar un café por aquí, qué coincidencia. ¡Si lo hubiéramos sabido, Enrique y yo lo habríamos invitado!

«Enrique y yo».

Qué íntimo sonaba.

Renata sabía perfectamente que lo hacía para presumir su estatus.

Mateo sonrió levemente, pero no le devolvió el saludo. En cambio, rodeó la cintura de Renata con delicadeza y respondió:

—Qué amable, pero dudo que volvamos a este lugar en el futuro.

Renata se tensó. De pronto, sintió una mirada clavada en ella, cargada de una presión abrumadora y posesiva...

Sabía muy bien que era una advertencia de Enrique.

En el pasado, siempre se habría acobardado.

Pero esta vez, decidió ignorarlo. Ni siquiera le dirigió la mirada.

La sonrisa de Ximena se congeló al instante.

Enrique vio cómo ambos subían al mismo auto afuera, y frunció el ceño profundamente.

—¡Enrique! ¿En qué piensas? —Ximena le tiró de la manga al no recibir respuesta.

—Ya te lo había dicho, Renata no es una buena mujer. Ahora lo ves con tus propios ojos, ¿verdad?

Enrique frunció aún más el ceño. Al ver que el auto de afuera arrancaba, finalmente habló, pero solo para preguntarle:

—¿Aún quieres ser la alumna del Maestro Zamora?

Ximena parpadeó, perdiendo el hilo de su enojo al instante.

—¡Claro que sí!... Pero, el maestro me rechazó hoy...

Enrique bajó la mirada hacia ella con expresión severa.

—No pasa nada, habrá otra oportunidad. Mañana el maestro asistirá a la Exposición de Diseño. Podrás verlo ahí.

Al escuchar eso, a Ximena se le iluminaron los ojos.

—¿De verdad?

—Sí.

—¡Qué maravilla! ¡Mañana en la exposición daré lo mejor de mí!

Ximena soltó una carcajada, pensando para sí misma que, cuando lograra ser la protegida del maestro, se encargaría de hundir a Renata.

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