Renata detuvo sus pasos. Al deducir que Enrique había llevado a Ximena para conocer al maestro, su mirada se ensombreció.
Para Mateo no era la primera vez que veía a Enrique, pero sí la primera vez que se topaba con Ximena, y no pudo evitar torcer los labios en un gesto de desdén.
—No sé qué le vio Enrique Yáñez. A simple vista, está a años luz de ti —murmuró—. Además, con esa cara de frustración que trae, seguro que el maestro le cerró la puerta en las narices.
Renata levantó una ceja.
Efectivamente, Ximena acababa de ser rechazada por Mauricio Zamora y el golpe a su ego la tenía de pésimo humor.
Al escuchar voces, volteó.
Al ver que Renata estaba acompañada por un hombre, se quedó paralizada un segundo, antes de que una sonrisa burlona asomara en sus labios.
«Claro, una mujer sin clase», pensó. Al no poder retener el corazón de Enrique, ya estaba buscando otra rama más alta a la cual trepar.
Ximena esbozó una sonrisa cínica. Sin embargo, al observar al hombre a su lado...
Enrique tenía la mirada ensombrecida, pero no hizo ademán de acercarse.
Por supuesto, Renata notó el desprecio en los ojos de Ximena, pero le dio igual. Aunque, al ver la indiferencia de Enrique, no pudo evitar sentir un dolor punzante en el pecho.
Apretando los labios, le pidió a Mateo en voz baja que se fueran.
Mateo le dio unas palmaditas reconfortantes en el hombro y lanzó una mirada gélida hacia la pareja.
Ambos se dieron la vuelta para marcharse.
Ximena no dejaba de mirar a Mateo Linares.
De pronto recordó que él era el único discípulo de Mauricio Zamora. Pensó que si lograba acercarse a él, tal vez podría tenderle un puente con el maestro...
No perdía nada con intentarlo.
Así que, cuando pasaron cerca, ignoró a Renata por completo y le extendió la mano a Mateo con una sonrisa radiante y llena de confianza.
—Un placer, Sr. Linares. No imaginé que hoy también vendría a tomar un café por aquí, qué coincidencia. ¡Si lo hubiéramos sabido, Enrique y yo lo habríamos invitado!
«Enrique y yo».
Qué íntimo sonaba.
Renata sabía perfectamente que lo hacía para presumir su estatus.
Mateo sonrió levemente, pero no le devolvió el saludo. En cambio, rodeó la cintura de Renata con delicadeza y respondió:
—Qué amable, pero dudo que volvamos a este lugar en el futuro.
Renata se tensó. De pronto, sintió una mirada clavada en ella, cargada de una presión abrumadora y posesiva...
Sabía muy bien que era una advertencia de Enrique.
En el pasado, siempre se habría acobardado.
Pero esta vez, decidió ignorarlo. Ni siquiera le dirigió la mirada.
La sonrisa de Ximena se congeló al instante.


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