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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 311

A pesar del frío, encendió la linterna de su teléfono y dio una vuelta por el parque buscando a los gatitos. Al no hallar rastro de ellos, se rindió y subió a su departamento.

Al entrar, todavía pensativa y angustiada por los animalitos, se agachó para quitarse los botines.

De repente,

escuchó un leve rasguño proveniente del otro lado de la puerta principal, acompañado de un agudo y frágil maullido.

Renata se quedó quieta. Frunció el ceño y abrió la puerta con cautela.

Allí, en el tapete de entrada, había un gatito blanco, del tamaño de una bola de estambre. Estaba temblando de miedo y la miraba con unos enormes ojos azules, maullando desesperado. ¡Era una ternura absoluta!

—¡Ay, mi amor! ¿Quién te dejó aquí tirado?

Con el corazón derretido, Renata miró a ambos lados del pasillo, pero no vio a nadie. Se puso de rodillas, levantó a la criatura y la acurrucó contra su pecho. Al acariciarle la cabecita, notó que el animalillo llevaba algo en el cuello.

Era un collar deslumbrante, con un colgante de zafiro que gritaba lujo y exclusividad a kilómetros.

Renata se quedó de piedra. Una sospecha atravesó su mente. Observó detenidamente al gatito y notó el innegable parecido con la gata blanca del parque.

El panorama se le aclaró de golpe.

Un gatito callejero no podía haber subido en el ascensor ni tener ese collar. Alguien lo había traído hasta su puerta.

¿Quién podría ser?

La mirada de Renata se enfrió. Con el minino en brazos, se dio la vuelta y bajó en el ascensor.

Y, como era de esperarse, apenas puso un pie en la planta baja, divisó a lo lejos la inconfundible silueta de un hombre recargado contra su Bentley.

Enrique, vestido con un elegante abrigo negro, lucía imponente bajo la nieve, destilando ese aire de misterio y aristocracia que lo caracterizaba.

Él la miraba fijamente, con unos ojos oscuros como la noche misma, cargados de una insólita ternura que resultaba tan hipnótica como peligrosa.

Era evidente que la estaba esperando, seguro de que ella bajaría.

Renata frunció el ceño. Odiaba esa actitud posesiva, ese intento de obligarla a interactuar.

Se acercó a paso firme y, con todo el dolor de su alma, le devolvió el felino.

—Toma. Si te tomaste la molestia de rescatarlo, al menos ten la decencia de cuidarlo. Y deja de mandarme recaditos en forma de regalos. ¡Te recuerdo que lo nuestro se acabó!

Ni siquiera quiso preguntarle cómo sabía que ella alimentaba a los callejeros. Seguro la había mandado a espiar.

No sería la primera vez que utilizaba esas tácticas invasivas.

Lo que sí le sorprendía era que un hombre de su nivel hubiera perdido el tiempo rastreando a unas crías de gato bajo la nieve, solo por ella.

¡Un milagro, sin duda!

Un nudo se formó en su garganta, pero rápidamente sacudió la cabeza, negándose a dejarse ablandar. Dio media vuelta, dispuesta a marcharse.

Con un brazo sosteniendo al gatito, Enrique usó la otra mano para atrapar su muñeca y, en un movimiento mezcla de firmeza y devoción, tiró de ella hasta acorralarla contra su pecho.

Contempló sus facciones, hermosas pero inexpresivas.

Sin hacer caso a sus reproches, le susurró: —Sé que siempre has adorado a los gatos. Solías escaparte para darles de comer.

Ese repentino viaje al pasado,

Ella retrocedió bruscamente y levantó las manos. —¡Es tarde! Vete. A partir de hoy, solo nos veremos cuando se trate de Doña Elvira. Y a esos gatos... dales una buena vida, por favor.

Sin darle tiempo a reaccionar, dio media vuelta y salió corriendo hacia el lobby del edificio.

Detrás de ella, tanto el hombre como el animalillo se quedaron mirándola, como si les hubieran arrancado el alma.

Solo cuando las puertas del elevador se cerraron,

el minino alzó la vista hacia el hombre y soltó un maullido triste.

Enrique bajó la mirada y acarició el sedoso pelaje. Antes de conocerla, aquellos animales le producían repulsión. Pero ahora, viéndolo bien, tenían su encanto.

Era igualito a ella.

Cuando quería, era una bolita de amor suave y cálida.

Le rascó el cuello y murmuró con la voz ronca: —Ya la conociste, y ya la extrañas, ¿verdad?

El gatito respondió con un tierno sonido.

Enrique fijó la vista en la puerta de cristal.

El viento helado de la noche le golpeaba el rostro.

Tal vez era el frío del invierno, o la abrumadora soledad.

Pero en ese momento, maldita sea, él también la extrañaba como nunca.

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