Queta ya se sentía lo suficientemente culpable.
Pero al escuchar las quejas de sus compañeros y darse cuenta de que su jefa sería arrastrada por su error, el dolor fue insoportable. Se mordió el labio pálido hasta casi sangrar.
—Yo... yo de verdad lo revisé todo antes de enviarlo... Se los juro... No sé cómo pudo pasar esto...
Ximena se apartó el cabello del hombro y soltó una carcajada seca.
—¿Y tenemos que creerte solo porque lo dices? Si lo hubieras revisado, no habría un error.
—¡A menos que lo hayas hecho a propósito! ¡O peor, que alguien más te haya ordenado hacerlo!
Al decir eso, Ximena clavó su mirada maliciosa directamente en Renata.
"A propósito". "Ordenado".
Esas palabras cayeron como bloques de plomo. Las miradas de los demás se volvieron afiladas y llenas de sospecha.
El rostro de Queta perdió cualquier rastro de color.
Renata sintió una punzada en el pecho. Ella misma había entrenado a Queta; conocía su personalidad a la perfección. La chica jamás sería tan descuidada, y mucho menos malintencionada.
Le dio unas suaves palmadas a la joven en la espalda. —No llores.
Luego, enfrentó la mirada de Ximena con ojos de hielo.
—Veo que la señorita Zapata tiene mucho tiempo libre. En lugar de estar dibujando los bocetos del proyecto, viene aquí a buscar llamar la atención.
Ximena se atragantó con su propia saliva. —¡Tú...!
—¿Yo qué? —Renata acortó la distancia, intimidante.
—¡En la empresa y en este proyecto, yo soy tu superior! ¿Cómo deberías llamarme?
—Te lo advierto, Ximena. Faltan menos de una semana para la fecha límite. Si no entregas los diseños a tiempo y retrasas el trabajo de todo el equipo, ¡tú serás el verdadero estorbo!
—¡Y eso es decir poco! En el peor de los casos, afectarás las ganancias de nuestra empresa.
—Cuando eso pase, según tu contrato, ¡tendrás que pagar una multa por incumplimiento tres veces mayor a tu salario!
Cada palabra fue clara, pesada y letal.
Los compañeros voltearon a ver a Ximena, frunciendo el ceño con molestia.
Si hablaban de retrasar al equipo, ella era la verdadera amenaza.
Si no hubiera sido puesta a dedo por la gerencia a mitad de camino, el proyecto de San Valentín ya estaría en su fase final.
Ximena sintió que mil agujas se le clavaban en la espalda.
La sonrisa arrogante que lucía hace unos segundos se transformó en una mueca pálida y patética...

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