¿Acaso se había imaginado las cosas?
Renata frunció el ceño.
—¡Ey, no te muevas tanto! Si la aguja se sale, tendré que pincharte de nuevo y te va a doler —le advirtió rápidamente una enfermera al entrar y verla apoyada en un brazo.
Renata se detuvo, se volvió a recostar con torpeza, y tras dudar un segundo, preguntó:
—¿Sabe a dónde fue la persona que me trajo?
La enfermera le cambió el suero, la miró y dijo:
—Ah, el Sr. Zaldívar. Salió a atender una llamada, regresará en un momento. Me pidió que cuidara bien de usted. Si necesita algo, toque el timbre.
Así que realmente había sido él. Renata asintió, sintiendo los ojos un poco húmedos.
—Gracias...
La enfermera asintió y salió de la habitación.
Renata se quedó acostada, perdida en sus pensamientos. Recordaba la amabilidad de César Zaldívar, pero tampoco olvidaba lo que Enrique Yáñez y Ximena Zapata le habían hecho... ¡Antes de irse mañana, se aseguraría de que pagaran por todo!
¿Acaso a las familias poderosas no les aterraban los escándalos?
¡Entonces los haría sangrar un poco!
Un brillo sombrío cruzó por los ojos de Renata.
En ese instante, el teléfono que estaba sobre la mesita de noche comenzó a sonar.
Era su celular.
Renata salió de sus pensamientos, se incorporó y lo tomó.
Era una llamada de su hermana.
Respondió.
De inmediato, la voz desesperada de su hermana resonó por el auricular.
—Renata, esto es un desastre, un desastre... Alguien se llevó el corazón de donante para Matías, y el equipo de especialistas también se ha ido...
El corazón de Renata dio un vuelco. Su rostro perdió el color al instante. Apretó el teléfono.
—¿Qué? ¿Pero ese donante no estaba ya confirmado? ¿Cómo que alguien se lo llevó? ¿Y los especialistas...?
Su hermana lloraba a mares.
—No lo sé. Dicen que fue por orden de un pez gordo...
¿Un pez gordo?
¿Qué persona importante en la ciudad no le tendría al menos un poco de respeto a Enrique Yáñez?
Renata sintió un sudor frío.
Su hermana estaba al borde del colapso.
—Renata, ¿qué vamos a hacer ahora? Matías ha estado preparándose para la cirugía estos días, todo estaba listo y, a última hora, pasa esto. ¡Buaaa! ¿Qué hago? Sin el donante y los especialistas, temo que Matías no lo soporte esta vez...
La mano de Renata tembló y el teléfono cayó sobre la cama.
Esa frase, 'no lo soporte', se le clavó en el pecho como una daga. No podía ni imaginar qué pasaría si algo le ocurriera a Matías siendo tan pequeño.
Con el rostro pálido, recogió el celular y trató de calmar a su hermana fingiendo fortaleza.
—Hermana, no llores. Le preguntaré a Enrique, y si eso no funciona, iré al centro cardiológico a preguntar...
—...
Colgó la llamada.
Sin perder ni un segundo, Renata se arrancó la vía intravenosa de la mano, tomó su celular, se puso los zapatos y salió de la habitación.
Mientras pedía un taxi y bajaba las escaleras, llamó a Enrique Yáñez.

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