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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 348

El rostro de Renata estaba pálido, sin una gota de sangre. Lo miró con ojos llenos de desconocimiento y frialdad absoluta. Negó con la cabeza, retrocediendo como si tratara de evitar a un monstruo aterrador.

—¡Enrique Yáñez, qué equivocada estaba contigo! ¡Eres mucho más insensible de lo que imaginaba!

—Pensé que, por muy cruel que fueras, solo actuabas conmigo. Nunca imaginé que hasta tu amabilidad hacia mi familia era una mentira.

—¡No tienes corazón!

—Matías es solo un niño pequeño, ¡¿cómo puedes jugar así con su vida?!

Renata le gritó, histérica. Temblaba incontrolablemente de furia, como una frágil hoja sacudida por un viento helado.

Enrique frunció el ceño, dándose cuenta de que lo había malinterpretado. No quería discutir con ella en medio del pasillo. Se acercó, la tomó del brazo y le dijo con severidad:

—Hablaremos de esto en casa.

Renata se soltó bruscamente, con los ojos inyectados en sangre.

—¡Lárgate! ¡No quiero volver a verte!

Enrique miró el dorso de su propia mano, enrojecido por el golpe que ella le dio al soltarse. Su rostro se endureció y la miró fijamente con ojos entrecerrados y gélidos.

La temperatura alrededor de ambos pareció descender a punto de congelación, haciendo que cada respiración doliera.

A un lado, Ximena, que había guardado silencio, esbozó una sonrisa discreta. Rápidamente, cambió su expresión a una de víctima indefensa. Se acercó, tomó la mano de Renata y dijo con la voz quebrada:

—Renata, esto no tiene nada que ver con Enrique. Él solo se preocupa por mí y por eso lo hizo. Yo no sabía que ese corazón era para tu sobrino. Se lo devolveré ahora mismo, no lo usaré... Por favor, no te enojes con él, ¿sí?

No era la primera vez que Renata veía a Ximena usar ese patético papel de víctima.

Antes, solía hacerse de la vista gorda y dejarlo pasar si no era algo grave.

¡Pero en este momento, sentía verdaderas náuseas!

¡Era demasiado asqueroso!

Incapaz de soportarlo más, Renata levantó la mano y, frente a Enrique, le cruzó la cara con una cachetada.

—¿Puedes dejar de darme asco? ¡Lárgate de aquí!

Ximena dejó escapar un grito ahogado y cayó de rodillas al suelo de forma dramática, luciendo completamente lamentable.

El rostro de Enrique se ensombreció.

Sin embargo, no fue a ayudar a Ximena. En su lugar, miró a Renata con el ceño fruncido y dijo:

—¿Tienes que hacer este escándalo? Pronto la enviaré al extranjero. ¿No puedes tolerarla un día más?

¿Enviarla al extranjero?

A Renata le sonó a chiste malo.

Respiró hondo y dijo con voz cortante:

—Enrique Yáñez, te lo advierto. Si vuelves a dejar que tu princesita aparezca frente a mí para darme asco, ¡juro que la golpearé cada vez que la vea!

En los oscuros ojos de Enrique se desató una tormenta. Murmuró su nombre con voz grave:

—Renata...

Ella dio media vuelta y se alejó. Su delgada figura emanaba una determinación inquebrantable.

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