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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 356

César Zaldívar terminó de arreglar los trámites del alta. Al llegar a la habitación, tocó la puerta un par de veces. Tras no escuchar respuesta durante un buen rato, se detuvo, extrañado.

Con el ceño fruncido por la sospecha, empujó la puerta y entró.

Al ver la habitación completamente vacía, su ceño se frunció aún más, y una inquietud comenzó a asomarse en su pecho.

—¿Renata? —la llamó con tensión en la voz.

Mientras caminaba hacia el baño, sacó el celular del bolsillo y marcó su número.

Tu... tu... tu...

El tono de llamada sonaba en la línea.

Abrió la puerta del baño y echó un vistazo. Nada. Ni rastro de Renata.

De inmediato, la cuerda de tensión que sostenía su cordura estuvo a punto de romperse. ¡Y se rompió por completo cuando escuchó el tono de llamada del celular de Renata proviniendo desde la cama del hospital, a sus espaldas!

Él conocía perfectamente la personalidad de Renata. No era el tipo de persona descuidada.

Ella sabía que hoy se irían, que debía esperarlo en el hospital, así que era imposible que desapareciera sin siquiera enviarle un mensaje.

El apuesto rostro de César palideció. Se dio la vuelta con prisa, caminó hacia la cama y tomó el teléfono abandonado. La pantalla vibraba, pero no había nada fuera de lo común.

Lo único extraño era...

César acercó el rostro al teléfono y olfateó. Un olor a medicina, ya algo disipado por el aire pero innegablemente presente, inundó sus fosas nasales.

¡Ese olor, claramente, no era de los medicamentos que usaba Renata!

Con el ceño apretado, observó las sábanas desordenadas. Renata era una mujer impecable, jamás dejaría la cama así sin arreglarla.

La única explicación posible era... ¡la habían drogado y se la habían llevado a la fuerza!

La mirada de César se oscureció mientras apretaba el celular con fuerza.

En ese momento, el sonido de unos pasos firmes resonó en la entrada.

César se giró, y al ver que quien entraba era Enrique Yáñez, su expresión se volvió glacial. En dos zancadas se le fue encima, lo agarró violentamente por el cuello de la camisa y lo acorraló contra la pared.

—¿Dónde está Renata? —exigió con voz sepulcral—. ¿A dónde te la llevaste?

Tomado por sorpresa, Enrique dejó escapar un quejido sordo al golpear su espalda contra el muro. Frunciendo el ceño y con el orgullo herido, intentó apartar las manos de César.

—¿Estás loco? —espetó con frialdad—. Renata ha estado en el hospital todo este tiempo, yo...

No terminó la frase. Por el rabillo del ojo notó la habitación vacía y las palabras se le atoraron en la garganta.

Su ceño se profundizó mientras miraba hacia la cama.

—¿Dónde está Renata? —murmuró, la inquietud filtrándose en su voz.

César observó su expresión de desconcierto, entrecerró los ojos y comprendió que, al menos esta vez, él no tenía nada que ver.

Lo empujó con asco y le advirtió con voz helada:

—Enrique Yáñez, si a Renata le pasa algo, ¡te juro que te destruiré!

Sin decir más, dio media vuelta y salió a paso rápido, mientras sacaba su teléfono para llamar a su secretario.

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