Los ojos de Enrique temblaron.
Observó su rostro frío y distante. De la rabia, un leve rubor le teñía las mejillas y sus hombros temblaban.
Temió que si seguía presionándola, perdería el control y su salud se vería afectada, así que decidió marcharse.
Pero antes de irse, le dijo con voz ronca: —Contacté a un especialista en ortopedia. Tu brazo sanará por completo...
Esa mención solo avivó el dolor de Renata. —¡Vete!
La mirada de Enrique se apagó. Sin atreverse a decir nada más, murmuró un «Cuídate mucho, vendré a verte mañana», y se fue a toda prisa.
Renata cerró los ojos. Al escuchar el sonido de sus pasos desvaneciéndose en el pasillo, soltó con la respiración entrecortada: —Nosotros ya no tenemos un mañana...
Mañana, ella se iría para siempre.
Pero lo que ella no vio, fue que después de que Enrique se marchó, una sombra oscura pasó frente a su puerta. Esa sombra no siguió a Enrique, sino que se dirigió hacia las escaleras de emergencia.
—¡Hola, Dr. Valenzuela! —lo saludó una enfermera con una sonrisa.
El hombre se detuvo un instante y forzó una sonrisa. —Hola.
Luego siguió su camino, caminando mucho más rápido.
La enfermera lo notó y sospechó. —Dr. Valenzuela, hoy se ve diferente...
El hombre se detuvo en seco, frunció el ceño con fiereza y metió la mano en el bolsillo, agarrando lo que llevaba adentro.
La enfermera se acercó, le miró el rostro y dijo: —¿Acaso trae maquillaje? ¡Recuerdo que antes no era tan pálido!
El rostro del hombre se congeló, pero relajó su postura. Soltó lo que tenía en la mano, sonrió levemente y soltó una excusa. —Ayer tuve una alergia y me salieron unas ronchas, así que mi novia me puso un poco de maquillaje para cubrirlas.
—Ah, con razón.
—Sí. Bueno, tengo prisa, con permiso.
El hombre sonrió, se alejó rápidamente y su expresión se tornó sombría al instante. Evitó a la gente hasta llegar a las escaleras de emergencia. Allí, finalmente respiró aliviado, se frotó la cara y sacó su teléfono para enviar un mensaje:
[Escuché todo afuera de la habitación. Encontré la oportunidad, mañana actúo.]
La respuesta llegó de inmediato:
[Sabía que lo harías por mí.]
El hombre miró la pantalla y esbozó una leve sonrisa.
La luz de la pantalla iluminaba su rostro esculpido, un rostro que no tenía absolutamente nada que ver con su apariencia original...
...
Debido a la visita de Enrique, el humor de Renata cayó en picada. No fue hasta que Isabel llegó en la noche que logró calmarse un poco.
Las dos hermanas cenaron juntas.
Aprovechando el momento, Renata le contó a Isabel sobre sus planes para el día siguiente. —Hermana, ya todo está listo para Matías, así que me iré mañana. Cambiaré de número, ¡espera a que yo me ponga en contacto contigo!
Isabel, que estaba recogiendo los cubiertos, se detuvo de golpe. Sus ojos se humedecieron, pero se contuvo. —Está bien, mi niña. No te preocupes por Matías y prométeme que te cuidarás mucho.
Renata miró a su hermana y también sintió un nudo en la garganta. Agachó la cabeza para seguir comiendo, secándose una lágrima a escondidas. La comida, que antes le parecía reconfortante, ahora no le sabía a nada...
La habitación quedó sumida en un profundo silencio.

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