—¡¿Acaso no te dije que no la tocaran?! —rugió Enrique, a punto de abalanzarse hacia adelante.
El hombre de las gafas de sol se interpuso en su camino.
—Nosotros no le pusimos un dedo encima. Llora porque está asustada. Si no me cree, eche un vistazo a la mujer que está a su lado. Compárela con su Ximena y verá lo piadosos que fuimos con ella.
Enrique frunció el ceño, apartó la mano del hombre de un manotazo y ni siquiera se molestó en mirar.
Al entrar, ya había notado la presencia de la otra mujer.
Tenía la cabeza cubierta con una capucha negra, por lo que no se le veía el rostro. Sin embargo, su cuerpo tembloroso y las marcas rojas que cubrían sus brazos dejaban claro que había sido sometida a una tortura brutal.
Pero nada de eso le importaba. Él no era un santo caritativo para andar salvando desconocidos.
Sobre la plataforma, Ximena lo miraba con lágrimas en los ojos, forcejeando débilmente.
Los ojos de Enrique se oscurecieron. No quería perder más tiempo. Arrojó el maletín plateado a los pies del secuestrador y ordenó con voz de hielo:
—Aquí está la tarjeta con el dinero. Revísenla de una vez y suéltenla.
El hombre atrapó el maletín en el aire, con una sonrisa torcida asomándose bajo su mascarilla.
—¡Qué hombre tan directo, señor Yáñez!
Le hizo una señal a uno de sus matones para que se llevara el maletín a verificar los fondos.
Luego, volvió a mirar a Enrique. De reojo, observó a la mujer de la capucha negra, alzó una ceja y sugirió:
—Como usted tiene tanto dinero, señor Yáñez, ¿por qué no paga un extra y se lleva también a la otra?
Enrique ni siquiera lo consideró.
Sí, le sobraba el dinero, pero no era su problema. Además, en una situación tan peligrosa, cualquiera se aseguraría de proteger únicamente a los suyos, en lugar de arriesgarse por un completo extraño.
—Solo me interesa Ximena.
El secuestrador curvó los labios en una sonrisa cargada de significado y no insistió más.
—Entendido.
El lugar era amplio y silencioso, por lo que la conversación resonó con claridad.
Ximena lo escuchó a la perfección. Su cuerpo atado comenzó a temblar, pero esta vez de pura emoción. Sus ojos húmedos brillaron con euforia.
¡Lo sabía! ¡Enrique aún la amaba! ¡No podía olvidarla!
Loca de alegría, Ximena lanzó una mirada de soslayo a la mujer atada junto a ella y dejó escapar un sonido de burla ahogada.
'Ay, Renata, Renata... ¿Escuchaste lo que dijo Enrique? ¡Hoy te quedarás en este basurero para siempre!'
En efecto, la otra mujer secuestrada era Renata.
Ya de por sí débil y enferma, los latigazos que había recibido la tenían sumida en una agonía paralizante. Sentía el cuerpo adormecido por el dolor, y su garganta estaba tan seca que le era imposible emitir una sola palabra.
Apoyada miserablemente en la silla, a través de la densa tela negra, podía ver borrosamente a Enrique negociando con el secuestrador.
¡Escuchó cómo decía que solo le importaba Ximena!
¿Ni siquiera iba a mirarla?
Sin importar quién fuera ella, ¿no era acaso una vida humana?

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