Por otro lado, estar demasiado tiempo en la misma habitación con un hombre que irradiaba tanto poder e intimidación como César Zaldívar, era agotador para sus nervios.
Se lavó las manos.
Se salpicó la cara.
El agua fría la ayudó a calmarse.
Su mente se despejó.
Pensó que había sido un impulso tonto intentar confesar lo del acta de matrimonio en ese momento.
Si iba a decírselo, debía hacerlo después de renunciar a la Corporación Yáñez.
De lo contrario, el proyecto del equipo podría verse afectado.
No le importaba Enrique, pero le preocupaban sus compañeros.
Después de todo, había liderado a ese grupo durante tres años.
Una vez que se marchara, las cosas serían mucho más fáciles de manejar.
Además, solo faltaba un día.
Con eso en mente, Renata cerró el grifo, tomó una toalla de papel y se secó las manos.
...
Afuera.
César escuchaba el sonido del agua mientras su mirada oscura seguía fija en el bolso lila sobre el sofá.
Él no solía prestarle atención a los asuntos de personas ajenas a su círculo.
Pero... por alguna razón inexplicable, recordaba claramente que cada vez que se encontraba con Renata, ella siempre aferraba su bolso como si su vida dependiera de ello.
Al igual que lo hizo hace unos momentos.
Los reflejos inconscientes de las personas nunca mienten.
Entonces, ¿actuaba así solo por nervios?
¿O porque... escondía algún secreto ahí adentro?
El rostro de César se tensó. De repente, se levantó, caminó hacia el sofá y deslizó la mano hacia el bolso.
Lo primero que vio fue una hoja de papel blanco tamaño carta, doblada.
¿Parecía una copia de un documento?
¿De qué?
César frunció el ceño.
Justo cuando iba a abrirlo para sacarse la duda.
El ruido del agua en el baño cesó.
Rápidamente apartó la mano.
En el preciso instante en que él volvía a sentarse en el sofá.
Renata salió del baño.
Totalmente ajena a lo que acababa de suceder, Renata se acercó y se ofreció a sacar la comida de las bolsas térmicas.
Eran cuatro platos y una sopa.
A pesar de ser comida para llevar, su aroma y presentación eran espectaculares.
Pero... había camarones.
Las manos de Renata se detuvieron por un microsegundo.
El almuerzo fue una tortura silenciosa. A cada segundo que pasaba, Renata se arrepentía amargamente de haber pensado que César Zaldívar era un hombre fácil de tratar.
Al terminar.
Renata tenía la espalda cubierta de sudor frío. No quería quedarse allí ni un segundo más y se apresuró a despedirse.
—Señorita Yepes, ¿conoce a una mujer llamada Tatiana Rivas?
César, sentado en el sofá de cuero con las piernas cruzadas, lanzó la pregunta de la nada.
Renata frenó en seco.
¿Tatiana Rivas?
¡Ese era el nombre que aparecía impreso en el acta de matrimonio!
¿Acaso él ya sabía algo?
Con el corazón martilleándole en el pecho, dio una respuesta evasiva a toda prisa.
—No, no la conozco...
Y salió huyendo de la oficina.
No llegó a ver la mirada letal que el hombre le clavó por la espalda.
Camilo entró unos segundos después.
Justo a tiempo para ver a su jefe levantarse del sofá y caminar hacia el balcón para encender un cigarrillo. Su espalda destilaba frialdad y una profunda soledad.
Cerró la puerta, se acercó y le entregó una carpeta.
—Sr. Zaldívar, no hemos tenido mucho éxito investigando el pasado de la señorita Yepes, pero he traído lo poco que pudimos encontrar.
Entre la neblina del humo, César entrecerró los ojos. Giró la cabeza, apagó el cigarrillo con fuerza contra el cenicero y tomó el expediente para revisarlo.

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