...
Ximena sintió que le pitaban los oídos. Su cabeza estaba a punto de estallar de la furia.
Se mordió el labio con rabia contenida.
¡Renata!
...
Tras salir del centro comercial, Renata se quedó de pie en la acera, esperando en silencio a que saliera el chofer.
El viento helado de la noche cortaba como navajas, colándose hasta los huesos.
Renata sentía el cuerpo entumecido, y sus dedos, rígidos por el frío, aferraban con fuerza la bolsa del vestido.
En su mente, la mirada indiferente y el rostro gélido del hombre que amaba se repetían en un bucle infinito, como una película que no podía apagar.
Tuvo que usar todas sus fuerzas para reprimir el nudo asfixiante que se le formaba en la garganta.
Qué estúpida había sido. ¿En qué estaba pensando todos estos años al quedarse a su lado? Nunca le importó su dinero, ni su estatus, solo lo quería a él, a su corazón.
Y luego pensó que, gracias a Dios, ya había abierto los ojos.
¡Esa pesadilla estaba a punto de terminar!
Renata alzó la vista hacia el cielo oscuro, con los ojos enrojecidos, tragando saliva con dificultad.
Poco después, el chofer salió del centro comercial y arrancó el auto para llevarla de vuelta a casa.
Antes de bajarse del vehículo, Renata le indicó al chofer: —Don Luis, mañana no hace falta que venga por mí...
El chofer, asumiendo que tendría asuntos personales y conduciría ella misma, le respondió con una sonrisa:
—Muy bien, Gerente Yepes. Cualquier cosa que necesite más adelante, me avisa.
La sonrisa de Renata se congeló por un segundo. Sin decir nada más, se dio la vuelta y caminó hacia la mansión.
Al escuchar la puerta, Inés se apresuró hacia el recibidor y la ayudó a quitarse el abrigo.
Notó que la joven tenía las mejillas rojas por el frío intenso.
Y sus manos estaban heladas.
El corazón se le encogió de pena por ella.
—¡Pero qué fría estás, niña! Pasa, pasa, te prepararé algo calientito para que entres en calor.
Conmovida por el gesto, Renata la detuvo suavemente: —No es necesario, Inés, estoy bien.
—Bueno... ¿tienes hambre, señorita? Dime qué se te antoja y te preparo algo rápido.
Como no había cenado, la verdad es que Renata sí sentía un poco de apetito.
—Solo un poco de sopa caliente, por favor.
—Perfecto. Sube a darte una buena ducha caliente. En cuanto esté lista, te la subo. No me tardo nada.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE