Pero antes de que pudiera analizar de dónde venía esa punzada de angustia,
la voz de Ximena llamándolo desde la planta baja lo sacó bruscamente de sus pensamientos.
—¡Enrique! ¿Por qué te tardas tanto...?
Enrique volvió a la realidad y respondió con voz un tanto ronca: —Ya bajo.
Le lanzó una última mirada profunda a la puerta de la habitación de Renata.
Y reanudó su camino por las escaleras.
Se dijo a sí mismo que seguramente estaba imaginando cosas.
A Renata siempre le había gustado redecorar y cambiar las cosas de lugar. Seguro solo quería darle un aire nuevo a su cuarto, y por eso había guardado todas esas chucherías viejas.
Aunque bajó las escaleras intentando autoconvencerse de ello, su semblante seguía ensombrecido.
Ximena salió corriendo de su habitación con actitud efusiva, sosteniendo un collar de perlas en la mano derecha y uno con una gema impresionante en la izquierda.
Iba a preguntarle cuál de los dos le luciría mejor para la Exposición de Diseño del día siguiente.
Pero cuando vio que el hombre traía consigo la bolsa de la boutique, su sonrisa se ensanchó, llena de orgullo.
Lo sabía. Él seguía estando rendido a sus pies.
Lo que sentía por Renata era pura lástima pasajera, nada más.
Sin embargo, ¿qué era esa cajita que llevaba en la otra mano?
Parecía el tipo de regalo cursi que daría una chica ingenua.
¿Se lo había dado Renata?
El corazón de Ximena dio un vuelco de alarma. Señaló la caja y no pudo evitar preguntar:
—Enrique, ¿qué tienes en esa cajita? ¿Te la regaló Renata...?
Al escuchar su nombre, Enrique apretó instintivamente la caja y negó con la cabeza de forma evasiva.
—No es nada, no te preocupes por eso.
—Oh... ya veo...
Ximena clavó la mirada en la caja, invadida por una extraña e intensa inquietud.
Pero sabía que no le convenía presionar demasiado.
Decidió que luego encontraría el momento perfecto para hurgar en su contenido.


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