El vestido. Ya no lo quería.
¡Y a él, tampoco lo quería más en su vida!
Enrique se quedó paralizado.
Había conseguido la respuesta que buscaba, pero, por alguna extraña razón, no sintió ni una pizca de alivio ni de triunfo.
Vio cómo la joven le empujaba la bolsa de la boutique contra el pecho.
Sintió otra punzada dolorosa en el corazón.
Quiso decir algo, lo que fuera...
Pero Renata se le adelantó.
—Qué coincidencia. Yo también tengo un regalo para ti.
Mientras hablaba, abrió un cajón, sacó la caja que contenía la carta de renuncia, el acuerdo de separación de bienes y el teléfono de repuesto, y se la entregó.
Con una sonrisa desprovista de emoción, añadió: —Asegúrate de abrirlo en un rato.
Enrique contempló su sonrisa perfecta y luego la delicada caja que ella le ofrecía. Tenía un borde de encaje azul y un lindo moño en la esquina superior derecha; era un detalle femenino y meticuloso.
Su nuez se movió al tragar pesado, y la culpa lo golpeó con más fuerza.
Ella había pasado tiempo preparando un regalo tan especial para él, y él... él acababa de tratarla tan injustamente...
—Renata... —quiso explicarse.
Pero en ese preciso instante.
Un fuerte estruendo provino de la planta baja, como si alguien hubiera tropezado y caído.
Enrique frunció el ceño alarmado y miró de inmediato hacia la puerta, lleno de preocupación.
Renata vio el pánico asomarse a sus ojos.
Tragando el nudo de su garganta, mantuvo su sonrisa fingida y le dijo en tono comprensivo:
—Aún tengo algo de trabajo que terminar, así que voy a seguir en lo mío. Si no hay nada más, puedes retirarte.
Enrique dudó un segundo y volvió a mirarla.
La ansiedad por Ximena era evidente; su apuesto rostro seguía marcado por la tensión.
Unos segundos después, le dijo: —Sigue trabajando entonces. Esta noche... no me esperes despierta, iré al estudio a revisar unos pendientes.
Luego, extendió la mano y le acarició la cabeza.
—Te prometo que en cuanto termine con esta racha de trabajo, te compensaré por todo. Sé que estos días no han sido fáciles para ti.
Y se fue.
La sonrisa de Renata se mantuvo intacta y no dijo una palabra. Pero en el instante en que la puerta se cerró con un chasquido, su rostro se descompuso.
Pensó que en unos días ella ya no estaría allí. ¿A quién demonios iba a compensar?
Renata esbozó una sonrisa cargada de amargura.
Al pasear la vista por la habitación, no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.

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