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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 67

En el interior del Bentley.

Enrique subió al auto y se reclinó en el asiento trasero. Con los dedos largos y elegantes, comenzó a masajearse las sienes, cerrando los ojos para descansar.

Un gesto tan simple, pero en él resultaba increíblemente magnético.

Ximena lo observó de reojo, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Ese hombre emanaba un atractivo letal y abrumador.

Se deslizó hacia él, intentando tomarle la mano, y murmuró con tono dulce:

—Enrique...

Enrique abrió de golpe sus fríos ojos, esquivó su mano y le respondió con una inusual mezcla de impaciencia y fastidio.

—Ximena, no vuelvas a beber así. No siempre voy a poder estar contigo para cuidarte.

Ximena se quedó paralizada.

Como mujer observadora, no le pasó por alto el tono cortante y la clara advertencia en sus palabras.

Eso la obligó a recordar lo que había pasado la noche anterior.

Había bebido a propósito, obligándolo a llevarla a un hotel, con la clara intención de cruzar la línea y asegurar su posición, para que él terminara definitivamente con Renata.

Pero el hombre se mantuvo firme y no mordió el anzuelo.

Como mujer, tampoco podía forzar las cosas más allá de cierto punto, así que tuvo que resignarse...

Ahora, analizándolo fríamente, no sabía si él se había negado por respeto y para no aprovecharse de ella, o si había otra razón...

No quería ni pensarlo.

Ximena se mordió el labio, mirando el perfil distante de Enrique, pero no se atrevió a decir una sola palabra más.

Tenía pánico de que él se irritara aún más y terminara ignorándola por completo.

Si eso pasaba, perdería definitivamente contra Renata.

—Lo entiendo... —susurró con voz apagada.

Enrique hizo una pausa. Al notar la tristeza en su tono, extendió la mano y le acarició suavemente el cabello, como si consolara a una niña pequeña. Su voz sonó un poco más ronca.

—Sé buena.

Pero Ximena no sintió ningún consuelo.

Al contrario, sintió que lo hacía por puro compromiso.

De la misma forma fría y mecánica con la que solía tratar a Renata.

Apretó los puños con fuerza en su regazo, giró el rostro hacia la ventana para mirar la ciudad cubierta de blanco y, en silencio, tomó una decisión radical...

—Señor Yáñez, ¿vamos a la oficina? —preguntó Pablo Cisneros desde el asiento del conductor, después de observar la tensa dinámica por el espejo retrovisor.

—A la oficina —ordenó Enrique.

Luego, volvió a cerrar los ojos.

Capítulo 67 1

Capítulo 67 2

Capítulo 67 3

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