Ximena apretó los puños con fuerza, intentando disimular su malestar. Con una sonrisa forzada, murmuró:
—Enrique, si Renata tiene a tantos hombres detrás de ella, creo que fue lo mejor que terminaran. Así ambos pueden seguir adelante. No tienes por qué sentir culpa; si no fuera por ti y todo el apoyo que le diste estos años, ella jamás habría logrado entrar a este círculo, y mucho menos llegar al puesto en el que está hoy...
Su tono sonaba a pura preocupación y honestidad.
Sin embargo, la expresión de Enrique se endureció.
La miró de reojo y soltó con frialdad:
—Ya vas a empezar de nuevo.
Sin darle oportunidad de replicar, se dio la vuelta y se alejó con pasos firmes.
Ni siquiera se molestó en darle una explicación.
Ximena abrió la boca, atónita. Vio cómo la figura imponente del hombre se alejaba con total indiferencia. El viento gélido de la mañana le rasgó la garganta, dejándola muda y humillada.
Pablo Cisneros cruzó una mirada rápida entre ambos y, prudentemente, siguió a su jefe hacia el interior del edificio.
Ximena sintió que las uñas se le clavaban en las palmas de las manos.
Podía percibirlo con total claridad: el afecto que Enrique sentía por ella se estaba desvaneciendo poco a poco.
Y al mismo tiempo, su interés por Renata iba en aumento.
Hoy había sido la prueba definitiva. Al ver a Renata recibiendo regalos de otro hombre, su rostro se había oscurecido tanto que parecía a punto de desatar una tormenta.
El problema era que él aún no se daba cuenta de lo que realmente sentía.
A lo lejos, el alboroto continuaba. Todos susurraban maravillados, envidiando la suerte de Renata.
Ximena miró hacia la escena con los ojos inyectados en sangre. Decir que no sentía celos sería una mentira, pero decir que no sentía odio sería una mentira aún mayor.
Renata lo había obtenido todo estando al lado de Enrique: dinero, estatus, una carrera brillante. ¿Por qué también tenía que quedarse con su corazón?
¡No se lo merecía! Ella solo era un simple escudo, una pieza desechable...
Ximena frunció el ceño, apartó la mirada y metió la mano en su bolsillo, sacando un pequeño amuleto de seda azul bordado. Lo acarició con nerviosismo.
Lo que ella ignoraba es que, en la parte inferior del amuleto, un hilo apenas perceptible formaba dos pequeñas iniciales: [TY].
Cualquiera que no supiera la historia pensaría que quien lo bordó simplemente se equivocó con una puntada.
Aferrándose al amuleto como si fuera su último salvavidas, Ximena corrió tras Enrique.
—¡Enrique, perdóname! ¡Sé que no debí decir esas cosas hace un momento!

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