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MI MARIDO ES UN DESCONOCIDO PERO EL MEJOR AMANTE romance Capítulo 69

Volviendo a la realidad.

Ximena dibujó una leve sonrisa en sus labios y se acercó a él lentamente. Apoyó la cabeza contra su pecho y, con una voz suave y llena de vulnerabilidad, le dijo:

—Enrique... perdóname, ¿sí? Es que... soy muy insegura. Cuando te veo prestando atención a otras personas, me lleno de miedo y no sé qué hacer.

Al escuchar sus palabras, la culpa de Enrique solo aumentó.

Levantó la mano y le acarició suavemente el cabello.

—Perdóname tú a mí. Fue mi culpa. No debí hablarte con ese tono...

Con una mano le sostuvo el rostro con delicadeza, y con la otra bajó hasta envolver la pequeña mano de ella, que aún apretaba el amuleto. Empezó a acariciarla con suavidad, mirándola a los ojos con total sinceridad.

—¿Me perdonas?

Ximena se encontró con la mirada profunda y oscura del hombre. En la mano donde sostenía el amuleto, comenzó a brotar un sudor frío...

El pánico la invadió; no fue capaz de sostenerle la mirada. Abrió los brazos, lo abrazó con fuerza y escondió el rostro en su pecho, aspirando profundamente ese aroma que siempre le daba una sensación de poder y seguridad.

Se juró a sí misma que protegería este secreto con su vida. Tenía que ocultarlo para siempre...

Porque si la verdad salía a la luz, lo perdería irremediablemente.

En cuanto a esa familia... y a aquella niña... ¡solo le quedaba pedirles perdón en su mente!

Pero lo que Ximena no sabía,

era que mientras la mano cálida de Enrique le acariciaba la espalda a modo de consuelo,

la mirada de él ya no estaba en ella. Sus ojos habían vuelto a posarse, a lo lejos, en Renata...

No quería mirarla. En verdad no quería.

Pero... era como si no tuviera control sobre sí mismo.

Trató de justificarse pensando que era el remordimiento. Llevaban tres años juntos y jamás se le ocurrió comprarle un auto, y ahora había tenido que venir otro hombre a regalárselo.

Pero, ¿realmente era solo por el auto?

Enrique cortó el hilo de sus pensamientos, apartó la mirada y, mientras caminaba con Ximena hacia la entrada, le preguntó en un tono cuidadoso:

—¿Qué quieres comer hoy?

Ximena: —Lo que sea. Mientras esté contigo, todo me parece perfecto.

—¿Un buen restaurante italiano?

—¡Me encanta la idea!

—...

...

Mientras tanto, del otro lado.

Renata, completamente ignorante del drama que acababa de ocurrir a sus espaldas, esperó a que la multitud se dispersara y llevó su nueva camioneta al estacionamiento subterráneo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Más allá de que Enrique le tuviera prohibido quedarse a solas con César Zaldívar, ella misma sentía un extraño temor hacia él...

Era una sensación difícil de explicar.

Por un lado sentía que era un buen hombre, pero por otro, su presencia la ponía increíblemente nerviosa.

—¿Jefa? —insistió Queta.

Renata volvió a la realidad, tragó saliva y le palmeó el hombro a su asistente con ánimo.

—Ve tú. Si no lo intentas, ¿cómo vas a saber si eres capaz o no? No tengas miedo. A partir de ahora, todos los proyectos del Consorcio Zaldívar estarán a tu cargo.

Queta la miró con pánico.

—Pero... ¿y si voy y no logro resolver el problema? Entonces vas a tener que ir tú de todos modos.

Renata sonrió levemente.

—Confío en ti. Sé que lo vas a hacer excelente.

—Bueno... está bien, me voy entonces.

—Sí, mucha suerte.

Tras ver a Queta alejarse, Renata entró en su oficina, encendió la computadora y comenzó a redactar su carta de renuncia.

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