Ximena sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Al girarse, se topó con el rostro implacable y glacial del hombre. Su mirada era tan fría que les heló la sangre.
Ese pequeño grupo de habladores se sobresaltó. —Sr. Yáñez...
Enrique avanzó hacia ellos. El aura letal que emanaba de él se sentía como si la guadaña de la muerte estuviera a punto de caer sobre sus cabezas.
—¿Acaso tienen derecho a siquiera pronunciar el nombre de Renata?
—Nosotros... —Miraron a Ximena pidiendo auxilio. ¿No se suponía que Enrique la mimaba y que despreciaba a Renata? ¿Qué estaba pasando?
Pero en ese momento, el rostro de Ximena estaba mortalmente pálido. La imagen de princesa intocable que se había esforzado tanto por construir se acababa de desmoronar por completo... Qué humillación.
La mirada de Enrique parecía hecha de cuchillos. —Si vuelvo a escuchar que dicen una sola palabra mala sobre Renata a sus espaldas...
No terminó la frase. No hacía falta.
Aquel grupo de aduladores ya estaba muerto de miedo. Ni en sueños se atreverían a volver a hablar.
—¡No se preocupe, Sr. Yáñez! ¡Le prometemos que no volverá a pasar!
Enrique les lanzó una última mirada de desprecio y se dio la vuelta.
A un lado, Ximena parecía no tener una sola gota de sangre en el rostro...
Los minutos pasaban lentamente.
Renata salió del baño ya con la ropa cambiada. No tenía idea de lo que había ocurrido en la sala, pero notó que las miradas que ese grupo de amigos le dirigía habían cambiado por completo. Sin darle más vueltas al asunto, caminó directo hacia Ximena y le tendió su propia ropa. —Toma.
Como Ximena todavía estaba resentida por lo que acababa de pasar, la fulminó con la mirada antes de agarrar las prendas.
¡Pero se llevó una desagradable sorpresa al sentir que la ropa estaba empapada!
La miró con furia.
Renata esbozó una leve sonrisa. —Uy, lo siento. Sin querer se manchó con agua.
¡Ximena estaba a punto de estallar de rabia! ¡Era obvio que se estaba vengando a propósito!
Al ver que las dos mujeres estaban enfrascadas en un tenso enfrentamiento, Enrique se acercó confundido. —¿Qué pasó?
Ximena le mostró la ropa empapada, quejándose con voz chillona. —¡Mira la ropa, está mojada!
Solo le faltó gritar que Renata lo había hecho a propósito para joderla.
El rostro de Enrique se ensombreció.
Renata mantuvo una expresión neutral, sin que le importara en absoluto. Si era tan lista, ¡que saliera ella misma a lidiar con los reporteros!
Pero un instante después, lo que escuchó del hombre fue:
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