Ahí estaba la prueba. Quién amaba a quién, todo era tan evidente.
Él temía profundamente que a Ximena le pasara algo, pero no le importaba en absoluto arriesgar la reputación de Renata.
Renata soltó una risa amarga. Para cuando volvió a mirar la pantalla del celular, la llamada ya había terminado.
Tomó una bocanada de aire profunda, obligándose a calmar sus emociones por su cuenta. Una vez que se sintió un poco mejor, regresó a la habitación para despedirse de su hermana.
—Ni siquiera has almorzado y ya te tienes que ir. Ay, ten mucho cuidado en el camino —le recomendó Isabel con evidente preocupación.
Renata asintió y, recordando algo justo antes de cruzar la puerta, añadió: —Estos días que tengo tiempo libre, yo me encargaré de llevar y recoger a Leo.
No pensaba dejar al pequeño Leo a cargo de alguien como Santiago.
—Me parece bien. Si tienes tiempo, ve tú.
—Sí.
Renata se dio la vuelta para marcharse.
—¡Renata! —la llamó Isabel de repente.
—¿Qué pasa? —preguntó Renata, girándose confundida.
Isabel apretó los labios con nerviosismo. —Ese hombre que te buscó hace un momento, ¿qué te dijo? Sobre el anillo...
—No fue nada importante. Es un socio comercial de la empresa, pero no lo conozco muy bien.
—Ah, entiendo. Está bien.
Isabel suspiró aliviada y le advirtió: —Tengo el presentimiento de que no es alguien de fiar. A partir de ahora, mantente alejada de él.
Renata pensó que su hermana estaba intimidada por el aura dominante de César, así que sonrió para calmarla. —De acuerdo.
En realidad, incluso si su hermana no se lo hubiera pedido, ya planeaba mantener su distancia con él.
—Me voy. Asegúrate de descansar. Si necesitas algo, llámame.
...
Club Éxtasis.
En el camino, Renata recibió un mensaje de Enrique. Le avisó que había dejado a alguien esperándola en el estacionamiento. Así, nada más bajarse del auto, la guiaron directo hacia la puerta trasera para ingresar al club.
—Srta. Yepes, el Sr. Yáñez y la Srta. Zapata están en el reservado 102.
—Entendido...
Renata asintió. Al llegar a la puerta del reservado, la abrió y, con un solo vistazo, vio a Enrique en cuclillas frente a Ximena, consolándola. El estómago se le revolvió al instante. Se sintió asqueada.
Al escuchar el ruido, Enrique se giró para mirarla. Como sentía cierta culpa, le habló con un tono muy amable: —Ya llegaste...
Renata mantuvo una expresión gélida y no dijo nada.
Enrique apretó los labios y comenzó a acercarse a ella.


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