C10- SI NO LA QUISITE COMO MUJER.
En la mansión Russo, Angelo entró en la habitación de su abuela y la encontró de pie, tomando sus píldoras con manos ligeramente temblorosas. La anciana se giró al escuchar sus pasos y luego volvió por su vaso de agua.
—¿Ya se fue?
—Sí —respondió él, con el rostro tenso como si hubiera mordido un limón.
Por un momento, no supo cómo expresar lo que quería decir. Se pasó las manos por el pelo en un gesto de frustración que su abuela conocía demasiado bien.
—Contacta a Vittorio y dile que redacte los papeles de tu divorcio con Aurora —ordenó la anciana y Angelo se quedó paralizado, como si le hubieran arrojado un balde de agua helada.
De todas las cosas que esperaba escuchar de su abuela, esa era la última.
—¿Qué? —logró articular finalmente.
La abuela, percibiendo su estupor, arqueó una ceja perfectamente delineada.
—¿Te sorprende? La escuchaste, ella quiere dejarte y tú... lo querías hace ocho años. ¿Por qué pones ahora esa cara? ¿No estabas interesado en esa chica española...?
Angelo frunció el ceño.
Vicky era una modelo española que había llamado su atención justo antes de casarse con Aurora, pero no era nada serio. No entendía por qué su abuela lo sacaba a colación en ese momento, como si fuera una herida que quisiera reabrir deliberadamente.
—Abuela... creo que las cosas van demasiado rápido... incluso para ti. ¿No habías apostado a este matrimonio? No sabías...
—¡Vaya que eres descarado, Angelo David! —El tono de la abuela fue tan severo que Angelo casi dio un paso atrás—. En ocho años... jamás fuiste ni una sola vez a Estados Unidos a verla. Te lo pedí mil veces y esas mil veces te negaste. ¿Con qué derecho dices ahora que estoy siendo apresurada? ¡¿Con qué derecho?!
—Exactamente —afirmó la anciana—. Si no la quisiste como mujer, entonces la querrás como hermana, y harás lo que un hermano debe hacer...
Lo miró fijamente, con una intensidad que podría haber derretido acero.
—Cuidarla.
Las sienes de Angelo palpitaban y sus manos estaban tan apretadas que los nudillos se le habían puesto blancos.
—O sea que pasé de ser protagonista a espectador —soltó con acidez—. ¿Ahora tengo que ver cómo mi esposa se casa con otro mientras aplaudo desde la primera fila?
La abuela se alzó de hombros con una indiferencia estudiada.
—Sí, y eso te pasa por idiota —respondió con una franqueza brutal—. Tuviste ocho años para recuperarla, Angelo. Ocho años desperdiciados por tu orgullo y tu terquedad. Ahora es mi turno de arreglar lo que tú rompiste.

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