C11- TENDRÁS QUE OLVIDARLO.
Angelo salió de la habitación de su abuela más furioso que nunca. La sangre le hervía en las venas.
«¿Encontrarle un marido a Aurora? ¿Su reemplazo?»
La idea le revolvía el estómago de una forma que no esperaba.
—Es mi esposa —siseó mientras bajaba las escaleras a zancadas.
La palabra "mía" resonó en su cabeza con una intensidad que lo sorprendió. No entendía por qué le molestaba tanto. Se suponía que quería deshacerse de ella, ¿no? Ese había sido su deseo durante ocho años.
Entonces, ¿por qué ahora la idea de verla con otro hombre lo enfurecía tanto?
Tomó las llaves de su Aston Martin y salió de la mansión sin despedirse de nadie. El motor rugió cuando lo encendió y arrancó con un chirrido de neumáticos. Y mientras conducía por las calles de Londres, sus manos apretaban el volante.
La imagen de Aurora no abandonaba su mente. Esa frialdad en sus ojos, tan diferente a la calidez que una vez lo había envuelto.
"Te amo, Angelo" le había dicho ella tantas veces en el pasado, con esa sonrisa que la iluminaba y sus ojos brillaban cuando lo miraba, como si él fuera lo único importante en su mundo.
Entonces… ¿Dónde había quedado esa Aurora?
Porque la mujer que había visto hoy era una extraña con el rostro de su esposa.
De la nada una idea cruzó su mente.
¿Y si había alguien más? ¿Y si en estos ocho años Aurora había encontrado a otro hombre en Estados Unidos? Y esa era la razón por la que quería el divorcio con tanta urgencia.
Para ser libre y estar con él.
Esa posibilidad lo hizo pisar el acelerador y el auto avanzó como un demonio por la carretera, esquivando otros vehículos. La aguja del velocímetro subía sin control, igual que su rabia.
—Ok, ok, pero no me trates así. Acabas de interrumpir una sesión de masaje coreano, carajo... La investigaré y te llamo cuando tenga detalles.
—Ok —dijo Angelo y colgó sin más.
Sus manos se aferraron con más fuerza al volante mientras tomaba una curva a gran velocidad y el paisaje se volvía borroso a su alrededor, pero su mente estaba clara por primera vez en mucho tiempo.
—La abuela tiene razón —dijo para sí mismo—. Debí ir... debí ir por ti.
Ahora se cuestionaba por qué no lo había hecho, por qué había dejado que el orgullo y su indecisión lo consumieran durante tanto tiempo.
Pero eso no significaba que todo estuviera perdido, no para él.
—Aurora.. sea lo que sea que hayas dejado en Estados Unidos... tendrás que olvidarlo.
Y así siguió conduciendo, con la determinación brillando en sus ojos y un plan formándose en su mente.

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