C9- ¿CUANDO FIRMARÁN?
La luz del atardecer londinense se filtraba por las ventanas del lujoso hotel mientras Aurora dejaba caer su bolso sobre la cama king-size. Sus dedos temblaban ligeramente cuando tomó su teléfono y marcó el número que conocía de memoria.
Tras tres tonos, una voz infantil y enérgica respondió.
—¡Mamá! ¡Por fin llamas! —exclamó Angela—. Pensé que te habías olvidado de mí.
Aurora sonrió, sintiendo cómo la tensión acumulada durante el día comenzaba a disolverse ante la voz de su hija.
—Nunca podría olvidarme de ti, cariño. ¿Cómo estás? ¿Todo bien con el tío Mike?
Un bufido dramático resonó al otro lado de la línea.
—El tío Mike es ABURRIDÍSIMO, mamá. Solo quiere que practique piano y lea esos libros viejos. Y la abuela Martha no me deja salir a correr porque dice que "una niña no debe sudar como un caballo". —La pequeña imitó perfectamente el tono estirado de la abuela, arrancando una carcajada a Aurora—. ¿Cómo se supone que voy a estar en forma para cuando me postule a los SEAL? ¡Necesito entrenar todos los días!
Aurora cerró los ojos, sintiendo una punzada en el pecho.
Ahí estaba otra vez, esa obsesión por la carrera militar que Angela había desarrollado sin explicación aparente. Pero que ella sabía de dónde provenía, tenía la misma determinación, la misma pasión por la disciplina física que caracterizaba a Angelo.
Era como si la sangre Russo hablara a través de ella, a pesar de que nunca había conocido a su padre.
—Cielo, aún faltan muchos años para eso —respondió con voz suave—. Y los SEAL son una unidad de élite de la Marina, no cualquiera puede entrar.
—¡Por eso mismo tengo que empezar ya! —insistió Angela con la terquedad que también había heredado de Angelo—. ¡Seré la primera mujer SEAL de la historia!
Aurora suspiró, reconociendo en su hija esa obstinación que tanto admiraba y temía a la vez.
—Volveré pronto, lo prometo. Mientras tanto, obedece a la abuela Martha y al tío Mike, ¿de acuerdo? Ellos solo quieren lo mejor para ti.
—Está biennnn —cedió Angela, aunque sin mucho entusiasmo—. ¿Cuándo vuelves exactamente? Te extraño, mami.
—Tan pronto como resuelva unos asuntos pendientes aquí, lo prometo.
—¿Asuntos aburridos de adultos?
—Algo así —sonrió Aurora—. Te quiero, pequeña guerrera, lo sabes, ¿verdad?
Aurora sonrió iluminando sus ojitos azules.
—Yo también te quiero, mamá. Te paso con el tío Mike, quiere hablar contigo.
Hubo un breve silencio y luego la voz grave y cálida de Mike llenó la línea.
—¿Cómo fue todo? ¿Estás bien?
Aurora exhaló profundamente, dejándose caer en el sillón junto a la ventana.
—Mi abuela está muriendo —dijo sin preámbulos—. Y me ha dejado una herencia.
—¡Vaya! —La sorpresa en la voz de Mike era evidente—. Eso es... inesperado. ¿Y qué le dijiste?
—Que no puedo aceptarla —respondió Aurora con firmeza—. No puedo, Mike. Lo que necesito es alejarme de esta familia y aceptar algo es atarme a ellos. Nunca he sido de su agrado, por eso no pienso aceptar nada que venga de los Russo.
Mike se rascó la nuca, un gesto que Aurora podía visualizar perfectamente a pesar de la distancia, lo conocía demasiado bien.
Mike había sido su salvavidas cuando llegó a Estados Unidos para estudiar. A pesar de que él tampoco venía de una familia adinerada como ella, se habían hecho amigos rápidamente. Él la apoyó durante todo el embarazo, la ayudó a encontrar un trabajo para hacerse independiente de los recursos de la familia Russo, sin Mike, no sabía dónde estarían ella y Angela ahora.
—¿Cuándo firmarán? —preguntó él.
Aurora se presionó la frente, sintiendo cómo comenzaba a formarse un dolor de cabeza.
—Contactaré al abogado mañana, pero creo que será pronto y sin problemas. Angelo no tiene razones para retenerme.
—Bien, entonces... ¿qué vas a hacer con la herencia? ¿Lo vas a considerar?
Ella dudó un momento.
—Lo pensaré, pero hasta entonces, busca otras soluciones, por favor.
—Lo haré. Cuídate, Aurora.
Colgó y dejó el teléfono sobre la mesa.
Se acercó a la ventana, contemplando la ciudad de Londres que se extendía ante ella, las luces comenzando a encenderse mientras el sol se ponía. Cerró los ojos, recordando la expresión de Angelo, sus palabras, la intensidad de su mirada cuando estuvieron tan cerca.
Su corazón latió acelerado.
—Vaya que eres extraño, Angelo —murmuró—. O quizás tu orgullo pesa demasiado... ¿Aún crees que vine a rogar por ti? Imbécil, vine a deshacerme de ti.
Con un suspiro cansado, se giró y se dirigió al baño.
Necesitaba una ducha caliente para lavar el día de su piel.

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