C119-QUIERO LA OFICINA
—Por tanto —continuó Logan, saboreando cada sílaba—, y de acuerdo con los estatutos, ejerzo mi derecho como accionista mayoritario y exijo la presidencia ejecutiva de la junta directiva. De forma efectiva e inmediata.
—¡Esto es una locura! —Ricardo exclamó, poniéndose de pie—. ¡Las cláusulas de lealtad, la visión fundacional...! No se puede…
—¿Se puede? —Logan lo interrumpió con una dulzura aterradora. Alzó una ceja, expectante, como si esperara que un niño le explicara las leyes de la termodinámica. Miró a Ricardo, luego a Silvia, luego a Angelo—. La aritmética es una ciencia exacta, señores. Cincuenta y dos es mayor que cuarenta y ocho. El resto es ruido.
Angelo habló entonces, pero su voz era baja, controlada, y cada palabra cortaba como un escalpelo.
—Compraste acciones en negro. Usaste testaferros, fondos de inversión opacos. No fue una adquisición legítima, fue una emboscada. ¡Y no lo hiciste solo! —Sus ojos ardían con furia contenida.
Logan inclinó la cabeza, divertido.
—¿No?
—Jimena. —El nombre salió como un escupitajo de su boca—. Necesitaste a alguien de dentro. Alguien con acceso a los movimientos internos, a los accionistas reticentes. Ella te ayudó a mapear el tablero. ¡Mi propia cuñada, maldit4 sea!
Por un instante, la sonrisa de Logan vaciló. Fue apenas un parpadeo, una grieta microscópica en su armadura, pero ya no importaba: su plan, ese que había puesto en marcha hacía años, acababa de entrar en movimiento.
—Jimena es una mujer con excelente olfato para los vientos de cambio. No la culpes. Es solo… pragmática.
Angelo sintió cómo el odio le subía por la garganta.
De repente, las palabras de su abuela resonaron en su cabeza, nítidas y crueles: *No confíes en tu propia sangre.*
—¿Y Alan? —la pregunta de Angelo atravesó la sala como un puñetazo—. ¿Esa desgraciada también te vendió las acciones de mi hermano? ¡¿Aprovechaste que está en una cama de hospital, sin poder hablar, sin poder defenderse, para robarle también su parte?!
Logan se encogió de hombros con una elegancia insultante.
—No, pierde cuidado. Las pocas acciones de tu hermano comatoso siguen en la familia. No me interesa lo que no puede defenderse. Sería… poco deportivo, ¿no crees?
«Comatoso… Comatoso…»
La palabra golpeó a Angelo en la boca del estómago como un mazo.
Alan no era comatoso.
Alan estaba vivo, respiraba, su corazón latía.
Alan era su hermano, la mitad de su sangre, la razón por la que había luchado tantos años para mantener la empresa a flote.
Y Logan lo reducía a un adjetivo despectivo, a un obstáculo técnico.
No recordaba haberse movido. De repente, sus manos estaban en el cuello de Logan, apretando con fuerza brutal. La silla del cabecero cayó al suelo con un estruendo metálico, mientras los dedos de Angelo se hundían en la tela del traje y en la carne blanda de la garganta.
—¡TÚ! —siseó, su rostro a centímetros del de Logan, escupiendo cada palabra—. ¡TÚ NO TIENES DERECHO A NOMBRARLO SIQUIERA! ¡No eres NADA! ¡NADA! Llegaste a nuestra familia con tu dinero sucio y tus sonrisas de plástico. ¡Esto es MI FAMILIA! ¡MI APELLIDO! ¡Y tú te lo vas a llevar todo por delante como si nada!


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO!