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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 147

C147-DEJANOS SOLOS

Un helicóptero negro sobrevolaba la selva a baja altura. Dentro, Angelo, Ethan y cuatro hombres más revisaban el equipo con precisión mecánica. Cascos, fusiles, comunicación encriptada: cada movimiento era eficiente, sin palabras innecesarias.

Ethan señaló una pantalla táctil donde parpadeaba un punto rojo.

—La villa está a dos kilómetros —explicó.

—¿Seguro que está solo? —preguntó Angelo, ajustando su chaleco antibalas.

Ethan asintió; sus ojos fríos y calculadores escaneaban los datos en tiempo real.

—Su hermana se fue esta tarde al aeropuerto. Está camino a Los Ángeles —confirmó—. Logan se quedó, como si nos estuviera esperando.

Angelo frunció el ceño. Algo no encajaba.

—¿Esperándonos?

—Eso parece —Ethan hizo una pausa, estudiando el rostro de su amigo—. Russo, esto me huele raro.

—No me importa —respondió Angelo con determinación, cargando su arma—. Voy a terminar esto.

El helicóptero descendió lo suficiente para que pudieran saltar. Uno a uno, los hombres se deslizaron por las cuerdas hacia la oscuridad de la selva.

—Formación delta —ordenó Ethan por el comunicador—. Angelo y yo al frente. Ustedes, cubran los flancos.

Se movían como sombras entre la vegetación, cada paso calculado, cada sonido controlado. Angelo sentía el pulso acelerado, pero su mente estaba clara. Pensó en Aurora, en William, en todo lo que estaba en juego, y ya no era solo venganza.

Era protección. Era futuro. Era Logan tras las rejas.

—Objetivo a doscientos metros —informó uno de los hombres.

La villa apareció entre los árboles: una estructura moderna de cristal y concreto, iluminada tenuemente. No había guardias visibles, ningún sistema de seguridad aparente. Solo silencio.

—Demasiado fácil —murmuró Ethan.

—O demasiado confiado —respondió Angelo.

Se acercaron a la estructura con armas en alto. Dos hombres cubrieron la parte trasera mientras Angelo y Ethan se dirigían a la entrada principal. No hubo necesidad de forzar la puerta: estaba abierta.

Angelo y Ethan entraron en la villa con sigilo, mientras el equipo cubría los accesos. La casa estaba en silencio y, en la sala principal, Logan estaba de espaldas, con un whisky en la mano.

No había armas a la vista.

Solo él, su figura recortada contra la luz tenue, como un fantasma esperando su juicio.

—Sabía que vendrías, Angelo —dijo sin mirarlos—. Siéntate.

Angelo se acercó lentamente, con el arma en alto, mientras Ethan lo cubría desde la puerta, su mirada atenta a cualquier movimiento sospechoso.

—No estoy para charlas, Logan.

Él giró la cabeza y sus ojos, normalmente fríos y calculadores, mostraban algo diferente.

Dolor.

—¿Y entonces? ¿Vas a dispararme? —abrió los brazos en un gesto de rendición—. Hazlo, termina con esto.

Angelo dudó.

Había algo en la mirada de Logan que lo desconcertó: no era arrogancia, tampoco era miedo. Era... vacío.

El vacío de alguien que ya no tiene nada que perder.

—Russo, cuidado —advirtió Ethan desde la puerta—. Puede ser una trampa.

Logan rio amargamente.

—No hay trampa. Solo yo —se acercó lentamente—. ¿Sabes por qué me quedé, Angelo? Porque estoy cansado. Cansado de correr. Cansado de odiar. Cansado de ser el monstruo que ella hizo.

Angelo apretó las cejas.

—¿Adelina? —preguntó, sin bajar el arma.

Logan asintió, y sus ojos se perdieron en algún punto distante, como si estuviera viendo algo que los demás no podían ver: el recuerdo de aquella noche, la noche que lo cambió todo.

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